jueves, 31 de diciembre de 2009

LECTORES ACTIVOS de Elisa Rodríguez Court


La última entrada de este año ya acabado, y como buena forma de empezar el prometedor 2010, quiero que sea el magnífico artículo de mi querida amiga Elisa Rodríguez Court. Gracias a ella perfilé lo que es ser un "lector activo" y quiero compartirlo con vosotros.

LECTORES ACTIVOS
EL QUINQUÉ
 ELISA RGUEZ. COURT
Miércoles 30 de diciembre de 2009

Parece una redundancia. Lo es. Es un énfasis añadir el adjetivo "activos" detrás de la palabra "lectores." Ya lo escribió Vicente Huidobro: "El adjetivo, cuando no da vida, mata". Sin embargo, se impone un pero. Es el Zeitgeist, el espíritu del tiempo, que en la actualidad enaltece a los lectores de historias realistas lineales, facilonas, ñoñas. Libros que se leen siguiendo la ley del mínimo esfuerzo, sin tener siquiera que alzar por un momento la cabeza para pensar. Suelen ser libros con un alto número de páginas de contenido banal. Y mientras más melodramático, mejor, porque los lagrimones venden.
Hablar de lectores activos es un modo de desmarcarse de la consideración de la literatura como divertimento insustancial, como simplonería, vamos. Es defender la literatura como discurso polivalente, como creación artística. Nada de convertirla, como escribió G. Flaubert, en un desahogo de las pasiones, en la espuma del corazón, en un orinal algo más limpio que una simple conversación o confidencia. Escribir es narrar priorizando el estilo, crear una obra de arte y, en el mejor de los casos, hacer participar al lector de la misma búsqueda que el escritor hace en el transcurso de la escritura de su libro. Búsqueda de información, de textos y obras sobre determinados temas y autores. Por eso el escritor Enrique Vila-Matas se considera a sí mismo un lector que escribe. Su escritura se origina en ese proceso continuo de "leyendo escribiendo", como diría J. Gracg en uno de sus libros. En esta línea se expresa en una entrevista realizada por sus lectores del grupo "Leyendo a Enrique Vila-Matas" de facebook. A petición del grupo, hasta ahora con casi 700 lectores, concedió una entrevista (1) que ya circula por facebook y en la Red. En las preguntas se adivina la curiosidad literaria que los lectores van despertando mientras viven la aventura de sumergirse en la obra de este escritor, cuya voz, original e irrepetible, reside en la asimilación de otras voces. 

 La Provincia - Diario de Las Palmas






 
 
 (1)ENTREVISTA a Enrique Vila- Matas publicada en este blog hace unos días:
 
http://susanborobio.blogspot.com/2009/12/enrique-vila-matas-responde-las.html
 
Para finalizar, quedais invitados a uniros a nuestro grupo en Facebook, Leyendo a Enrique Vila-Matas:
 
http://www.facebook.com/group.php?v=wall&gid=218599325256

 

¡Feliz Año Nuevo!




miércoles, 30 de diciembre de 2009

Dibujos y fragmentos. Franz Kafka

En el sol vespertino
nos sentamos con la espalda doblada
sobre los bancos en los prados.
Cuelgan cansados nuestros brazos,
parpadean tristes nuestros ojos.

Y los hombres se pasean en traje
balanceándose en la grava
bajo este cielo inmenso
que desde las colinas a lo lejos
se extiende hacia lejanas colinas (1)



In der abendlichen Sonne
sitzen wir gebeugten Rückens
auf den Bänken in dem Grünen.
Unsere Ärme hängen nieder,
unsere Augen blinzeln traurig.
Und die Menschen gehn in Kleidern
schwankend auf dem Kies spazieren
unter diesem grossen Himmel
der von Hügeln in der Ferne
sich zu fernen Hügeln breitet

Los dibujos, así como la selección de los textos de Kafka que los acompañan –con excepción del poema–, proceden del libro de Niels Bokhove y Marijke van Dorst (eds.), Einmal ein grosser Zeichner. Franz Kafka als bildender Künstler [Utrecht, Vitalis, 2006], de próxima publicación en castellano en la editorial Abada.

(1) Traducción de Rafael-José Díaz.


Encerrado en el rectángulo de un vallado de estacas que no ofrecía más espacio que un paso de ancho y otro de largo, me desperté. Hay rediles parecidos en los que se mete por la noche a las ovejas, pero no son tan estrechos. El sol caía a plomo sobre mí, para proteger mi cabeza la apreté contra mi pecho y me acurruqué allí, con la espalda encorvada.
[Diarios, 4 de julio de 1916] (2)




Eingesperrt in das Viereck eines Lattenzaunes, der nicht mehr Raum liess, als einen Schritt der Länge und Breite nach, erwachte ich. Es gibt ähnliche Hürden, in die Schafe des Nachts gepfercht werden, aber so eng sind sie nicht. Die Sonne schien in geradem Strahl auf mich, um den Kopf zu schützen, drückte ich ihn an die Brust und hockte mit gekrümmten Rücken da.
[Tagebuch, 4. Juli 1916]

(2) Traducción de Andrés Sánchez Pascual y Joan Parra Contreras para el volumen Franz Kafka. Diarios. Carta al padre. Obras completas II (edición dirigida por Jordi Llovet, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2000).


Apenas has descrito nuestro encuentro en Berlín y ya he soñado con él […] Paseábamos por la callejuela […] No íbamos del brazo pero estábamos incluso más cerca el uno del otro que cuando se va del brazo. Dios mío, es difícil poner por escrito lo que se me ha ocurrido para no ir del brazo, para no llamar la atención y sin embargo ir totalmente pegado a ti. […] ¡Cómo podría describirte la manera en la que paseábamos en mi sueño! Cuando uno va simplemente del brazo, las extremidades se tocan sólo en dos puntos y cada uno mantiene su independencia, sin embargo nuestros hombros se tocaban y nuestros brazos estaban unidos en toda su longitud. Pero espera, lo voy a dibujar. Ir del brazo es así: [Dibujo 1] En cambio nosotros íbamos así: [Dibujo 2]
[Carta a Felice Bauer, 11/12 de febrero de 1913] (3)



Kaum hast Du unsere Zusammenkunft in Berlin beschrieben, habe ich schon von ihr geträumt. […] Wir giengen auch auf der Gasse spazieren […], wir giengen zwar nicht eingehängt, aber wir waren einander noch näher, als wenn man eingehängt ist. Ach Gott, es ist schwer, auf dem Papier die Erfindung zu beschreiben, die ich gemacht hatte, um nicht eingehängt, nicht auffällig und doch ganz nahe bei Dir zu gehn […]. Wie soll ich es also nur beschreiben, wie wir im Traum gegangen sind! Während beim blossen Einhängen sich die Arme nur an zwei Stellen berühren und jeder einzelne seine Selbständigkeit behält, berührten sich unsere Schultern und die Arme lagen der ganzen Länge nach aneinander. Aber warte, ich zeichne es auf. Eingehängstein ist so: [Zeichnung 1]. Wir aber giengen so: [Zeichnung 2].
[Aus einem Brief an Felice Bauer, 11./12. Februar 1913]

(3)Traducción de Pilar García Velasco.


Desfile patriótico. Discurso del alcalde. Luego desaparece, aparece de nuevo y grita en alemán: «¡Viva nuestro querido rey! ¡Viva!». Asisto a ello con expresión torva. Estos desfiles son uno de los más repugnantes fenómenos que acompañan a la guerra. Son promovidos por comerciantes judíos, que un día son alemanes y otros checos, lo cual reconocen, ciertamente, pero nunca como ahora podían gritar tan alto. Naturalmente, arrastran consigo a muchos. Estuvo bien organizado. Parece que se repetirá cada atardecer, mañana domingo dos veces.
[Diarios, 6 de agosto de 1914] (4)




Patriotischer Umzug. Rede des Bürgermeisters. Dann Verschwinden, dann Hervorkommen und der deutsche Ausruf: «Es lebe unser geliebter Monarch, hoch». Ich stehe dabei mit meinem bösen Blick. Diese Umzüge sind eine der widerlichsten Begleiterscheinungen des Krieges. Ausgehend von jüdischen Handelsleuten, die einmal deutsch, einmal tschechisch sind, es sich zwar eingestehen, niemals aber es so laut herausschreien dürfen wie jetzt. Natürlich reiben sie manchen mit. Organisiert war es gut. Es soll sich jeden Abend wiederholen, morgen Sonntag zweimal.
[Tagebuch, 6. August 1914]


(4) Traducción de Andrés Sánchez Pascual y Joan Parra Contreras para el volumen Franz Kafka. Diarios. Carta al padre. Obras completas II (ed. cit.).




MINERVA 09
 IV ÉPOCA
Revista del Círculo de Bellas Artes de Madrid

Kafka en imágenes. Entrevista con Niels Bokhove

Kafka en imágenes

Entrevista con Niels Bokhove
Pilar García Velasco



El holandés Niels Bokhove, gran experto en la obra de Kafka, es uno de los principales responsables de difundir una vertiente poco conocida del escritor: la de dibujante. Junto con Marijke van Dorst, Bokhove ha reunido gran parte de los dibujos que Kakfa realizó a lo largo de su vida en el volumen Einmal ein grosser Zeichner, de próxima publicación en castellano, y del que Minerva ofrece un pequeño adelanto.

Cuando se habla de Kafka, generalmente se alude a su universo literario; su vocación temprana por el dibujo –en realidad, el joven Kafka deseaba ser dibujante, no escritor– es poco conocida. ¿Cuál es el origen de esa vocación?

R.-Su interés por las artes visuales fue muy temprano, y surgió al contemplar en el escaparate de una tienda dos cuadros que le resultaron fascinantes. En uno aparecía una pareja, un hombre y una mujer, a punto de suicidarse juntos; en el otro, unos cazadores sorprendidos por un jabalí. Kafka recordó estos dos cuadros durante toda su vida. Con quince o veinte años se interesó por el arte, como muchos otros chicos de su edad, y cursó estudios de arte en la universidad, pero después decidió seguir la carrera de derecho pensando, como muchos otros chicos de su edad, que así mejorarían sus expectativas de conseguir un empleo.

Max Brod afirmaba en su biografía de Kafka: «Su pensamiento […] se construía en forma de imágenes». ¿Qué vinculaciones concretas entre imagen y palabra podemos rastrear en su obra?

R.- Un bonito y significativo ejemplo de la función de las artes plásticas en la prosa de Kafka es la figura del pintor Titorelli en El proceso. Titorelli es un pintor de paisajes y también hace retratos de jueces. Gracias a esa actividad tiene buenos contactos con la judicatura, un contacto que ansía Josef K., protagonista de la novela. El pintor Titorelli aparece, pues, como figura de un hombre de éxito, tanto a ojos de K. como del propio Kafka. En efecto, los estudiosos de la obra de Kafka coinciden en que proyectaba en Titorelli su ideal de convertirse en un escritor exitoso y aceptado socialmente.

En el libro Einmal ein grosser Zeichner se incluyen alrededor de cuarenta dibujos de Kafka que usted y Marijke van Dorst han vinculado con un fragmento de texto específico del autor. ¿Cómo fue el proceso de asignar un texto de la obra de Kafka a cada uno de los dibujos?

R.- En el libro hay que diferenciar dos tipos de textos: por un lado están los que acompañaban originalmente a los dibujos, y que no supusieron ningún problema, y por otro lado, y esta parte sí entrañó algunas dificultades, están aquéllos que tuvimos que seleccionar a partir de la obra completa de Kafka, procurando que el texto elegido sirviera para intensificar el dibujo y a la inversa.

¿Se podrían considerar expresionistas los dibujos de Kafka?

R.- Muchos de sus dibujos son simplemente bocetos que realizó en sus días de estudiante universitario. Max Brod los recopiló y hoy no sabemos exactamente dónde están, quizás en Tel Aviv, donde ha vivido la heredera de Max Brod, su última secretaria, que nunca permitió el acceso a los dibujos. Pero volviendo a su pregunta, podemos decir que algunos son expresionistas, otros se aproximan al absurdo… En cualquier caso, sería complicado calificar sus dibujos como expresionistas. Lo mismo sucede con sus textos, difíciles de encuadrar, y con los que se produce la misma discusión acerca de si cabe o no considerar a Kafka un escritor expresionista.

¿Mantuvo Kafka contactos con los artistas de su época?

R.- Sí, alrededor de 1905, Max Brod facilitó a Kafka el contacto con el grupo Osma («Los Ocho») un grupo de artistas plásticos de Praga al que pertenecía Emil Filla, entre otros. Brod mostró a los miembros de este grupo varios dibujos de Kafka y les habló de su talento como dibujante: «Puedo deciros el nombre de un gran artista, Franz Kafka». Fue en esos mismos años cuando Kafka tomaría la decisión de dedicarse a la escritura, aunque siguió dibujando durante toda su vida.

Es curioso cómo las narraciones de Kafka han dado lugar a la imagen de un hombre permanentemente triste y atormentado, algo que no parece corresponder con la alegría de vivir que descubrimos en sus cartas y diarios: su interés por la natación, el remo, la gimnasia, el nudismo etc. ¿Hasta qué punto cree usted que los personajes de Kafka han logrado reemplazar a su propio creador en el imaginario colectivo?

R.- No sabría decirlo; lo cierto es que hay dos caras en el carácter de Kafka: una es la alegre y optimista, la que mostraba cuando se encontraba en público; pero hay otra cara, la interna, llena de problemas y duras elecciones vitales, por ejemplo, entre la escritura y el matrimonio. Cuando Kafka decide ser escritor y no seguir el negocio familiar, renuncia a tener una «vida normal», con mujer e hijos.

También se ha generalizado la idea de que Kafka apenas salió de Praga; tendemos a imaginarlo encerrado en su habitación, como si fuera Gregor Samsa, cuando lo cierto es que Kafka viajó bastante. ¿Cree que sus viajes influyeron en su vida y en su obra?

R.- Diría que no demasiado, al menos en su obra. Es cierto que en sus viajes visitó museos y pudo observar de cerca la obra de numerosos artistas, pero apenas encontramos referencias a estos viajes en su obra literaria. Y aunque visitó buena parte de Europa, Kafka siempre volvía a Praga. Solamente al final de su vida, en 1923, decide ir a Berlín, donde vivirá con su última novia, Dora Diamant.

Otro tema poco tratado en la obra de Kafka es el humor, la ironía, ese humour noir de Breton como «revuelta superior del espíritu». ¿Tal vez también podemos encontrar ese humor en sus dibujos?

R.- La verdad es que nunca había pensado acerca del humor en sus dibujos. Hablar del humor en Kafka es algo muy reciente, algo de lo que nadie había escrito hasta hace diez o quince años. Siempre se hablaba del Kafka oscuro y pesimista, de lo absurdo, de la dificultad de su obra, pero nunca del humor.

En estos momentos trabaja usted en un ensayo acerca de las mujeres en la vida y en la obra de Kafka. ¿Cree que el «matrimonio con la literatura» de Kafka le impidió tener relaciones duraderas con las mujeres?

R.- Sí, lo creo. Kafka se enfrentó al dilema de seguir el negocio de su padre y fundar una familia o convertirse en escritor, dos alternativas que consideraba excluyentes. En sus años de universidad decidió tomar el camino de la escritura y se mantuvo fiel a esa elección durante toda su vida. Llegó a comprometerse con Felice Bauer en dos ocasiones, y las dos veces rompió con ella con argumentos poco sólidos.

Precisamente me gustaría preguntarle por Felice Bauer. Al leer los diarios de Kafka, nos encontramos con instantes de gran ternura, seguidos por una terrible frialdad. Por ejemplo, en la forma en que Kafka narra su primer encuentro con Felice para luego describirla, de manera despectiva, como «una criada». Después de cinco años de correspondencia y tras romper su relación, ¿qué huella cree usted que dejó Felice Bauer en él?

R.- ¡Debía de estar exhausto tras intercambiarse quinientas cartas! No, en serio: el crítico literario alemán Marcel Reich-Ranicki dijo en una ocasión que Felice Bauer era una especie de buzón de correos donde Kafka echaba las cartas. Puede sonar cínico, pero creo que también es realista. Felice era sólo una persona a la que Kafka dirigía unas cartas con las que conseguía sacar las ideas de su cabeza y de su casa: las ponía por escrito y las enviaba. Podríamos considerarlo una especie de terapia. Por otro lado, las cartas son muy hermosas, son pura literatura. Y en cuanto a la huella de Felice Bauer en la obra de Kafka, el personaje de Fräulein Bürstner de El proceso está inspirado en ella.

La correspondencia de Kafka con Milena Jesenska parece, sin embargo, menos forzada, más espontánea. ¿Estaba Jesenska más próxima a la sensibilidad del escritor?

R.- Sí, ambos eran escritores. Su relación empezó cuando ella quiso traducir una de sus obras. Sin duda Milena estaba más próxima al Kafka escritor que Felice Bauer. Pero, en cambio, había otros impedimentos en su relación: Milena ya estaba casada. Además, tenían un carácter casi opuesto, frente a la introversión de Kafka, Milena era una persona muy extrovertida. Rompieron tras dos o tres años de relación

Tras visitar una exposición de Picasso, Kafka pronunció la famosa frase: «El arte es un espejo, que se adelanta como un reloj –a veces–». ¿Cree que Kafka también se adelanta?, ¿tiene sentido considerarlo una especie visionario?

R.- Muchos ven en Kafka un profeta, alguien que anticipó la Segunda Guerra Mundial. Yo no lo veo así. Daría la vuelta a la pregunta: afirmamos que el siglo XX es el siglo de Kafka pero, ¿cómo habría sido el siglo XX si Kafka no hubiera existido?

CICLO KAFKA: VISIONES Y SUEÑOS
02.06.08 > 05.06.08
PARTICIPANTES JORGE ALEMÁN • NIELS BOKHOVE • JOSEF CERMÁK • MARIJKE VAN DORST • JORDI LLOVET
ORGANIZA CBA
COLABORA CENTRO CHECO DE MADRID

MINERVA 09
IV ÉPOCA
 Revista del Cículo de Bellas Artes de Madrid
http://www.circulobellasartes.com/ag_ediciones-minerva.php?ele=13

martes, 29 de diciembre de 2009

Idea Vilariño, ya no será...

Idea Vilariño,  Montevideo (18 de agosto de 1920 - 28 de abril de 2009)


IDEA VILARIÑO, POETA ENTRE TODOS
JUAN CRUZ 01/05/2009
elpais.com

Idea Vilariño, que murió en Montevideo el 28 de abril a los 89 años, era poeta entre todos los hombres de su generación uruguaya, la de 1945, y su relación amorosa con Juan Carlos Onetti, con quien amó locamente, es ahora un mito de la literatura. Su poema Ya no, que celebra y deplora el fin de esa relación, es uno de los más desgarradores ensayos poéticos de una despedida.
Después de leer ese poema, descubierto por él cuando trabajaba en Montevideo sobre Onetti, escribió Antonio Muñoz Molina:
"Leer su poesía ha sido como llenar el nombre [de Vilariño] de contenido porque después de aquel inesperado poema que me asaltó el corazón de una forma brutal vinieron Poemas de amor y Pobre mundo, los dos libros que me traje a casa de vuelta".
Poesía para viajar hacia adentro, y hacia el dolor. Conviene detenerse en ese poema para contemplar la profundidad de esa melancolía, tan montevideana, y tan onettiana:

YA NO

Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.


Ya no soy más que yo para siempre y tú
ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.


No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.




Profética y triste como poemas de Pablo Neruda o de César Vallejo, lo que dijo Idea en esos versos desesperados fue cumplido luego por la vida; hay una fotografía de 1987, de una visita que le hizo a Onetti en Madrid, en la que las miradas de ambos hablan ya de aquel desprendimiento que ella inició ahí como un desgarro.

Fue, digo, la poeta entre los hombres; en su generación, la de 1945, la fecha de su primer libro, La suplicante, tuvo entre sus filas a Sarandy Cabrera, a Manuel Claps, a Emir Rodríguez Monegal, a Mario Benedetti... Ella fue la fundadora de Número, la revista que los aglutinó, y a partir de ahí se consolidó en el Cono Sur de América como la protagonista de los ecos poéticos del siglo. Amigos suyos fueron luego Juan Ramón Jiménez o Pedro Salinas. Así le escribe Juan Ramón al final de una de sus cartas:
"Sí, querida Idea, sigo sintiendo su mano en mi mano contra su cadera derecha junto a un balcón de un hotel de una ciudad que la guarda. Y la seguiré sintiendo".
(...)A Mario Benedetti le dijo un día:
"Escribir poesía es el acto más privado de mi vida, realizado siempre en el colmo de la soledad y el ensimismamiento, realizado para nadie, para nada. A menudo, a la mañana siguiente me olvidé y pueden pasar meses antes de que encuentre esas líneas, el poema, escrito de una vez, aunque a veces escrito ocho o diez veces seguidas".

"¿Por qué he publicado?", se preguntaba. "La poesía puede ser como acto creador algo muy íntimo, pero una vez realizado podría darse la necesidad de comunicación". El poeta y la poeta hablaron al final de esa conversación (era 1971) sobre los cambios que se habían operado en sus vidas, aun antes del golpe que los desbarató, la asonada militar de 1973, e Idea dijo: "¿Quién se suicida, quién se retira del mundo, quién lleva un diario íntimo, quién, ahora?"
Era como si profetizara el espejo cruel en el que se tachó del todo, el libro No, publicado por Arca. Decía ahí, en el poema Epitafio:
"No abusar de palabras
no prestarle
demasiada atención.
Fue simplemente que
la cosa se acabó.
¿Yo me acabé? 
 Una fuerza 
 una pasión honesta y unas ganas 
 unas vulgares ganas 
 de seguir.
Fue simplemente eso".

Y aún más dijo en ese No sobre la muerte:
 Quiero morir. No quiero oír ya más campanas.
(...) Simplemente no quiero 
 no quiero oír más nada".


Idea era una hija de Bartleby. Ella prefirió no promocionarse. Pese al interés que despertó en estudiosos de todo el mundo, que tempranamente se interesaron en su poesía, Vilariño fue reticente a comentar sus poemas, a dar entrevistas. “La poesía fue conmigo siempre –dijo en uno de los pocos reportajes que concedió a la escritora Elena Poniatowska–.(1) La viví naturalmente, como algo inevitable, privado, que no me daba ningún realce y la hacía sin deliberación, sin proponérmelo, como lo hice después, como lo he hecho siempre. Creo que nunca supe cómo iba a terminar un poema, hasta ahora es así. Necesito decir algo; eso es compulsivo. Pero no sé cómo lo diré, aunque al escribir tenga un dominio absoluto de lo que hago, pero desde la primera línea el poema, su ritmo, eso que es imperativo decir me lleva hasta el final, hasta el cierre inevitable.”

 (1)ESENCIAL Y DESESPERADA
Entrevista con Idea Vilariño.
 Elena Poniatowska
 http://www.jornada.unam.mx/2004/08/08/sem-elena.html
La Jornada Semanal, domingo 8 de agosto de 2004 núm. 492



Idea Vilariño o la memoria de mañana
Juan Gelman


La poesía de Idea Vilariño es única en la lengua castellana por su temblor austero. Y mucho más. Hay quienes la dividen en etapas, pero su voz desde el inicio ha convocado a la memoria y la esperanza. Insiste en el arte de no dejarse morir, ese vértigo que sabe que va a morir. Ha vagado por los arrabales en ruinas del amor para encontrarlo en cada piedra. ¿Con qué comparar esa lealtad a lo que no se sabe y no se puede negar?

Su poesía nos deja entrar, pero no salir. No hay trucos ni espejismos, hay espejos. Hace la memoria de mañana y funda un destino en la lengua. No informa, encuentra y logra que el otro participe en el encuentro. Internarse en ella es como tocar en vez de oír o ver “las materias desgarrantes”. Más que comunicación, hay comunión. El otro descubre en ella un espacio ignorado de sí mismo, ya bautizado para siempre con las palabras de Idea que lo develaron. Despierta lo que dormía en cada quien, le abre tierras que no sabía que tenía y por eso no sabía tener. Las inunda empujada por un hambre feroz e inexplicable en movimiento perpetuo. Es decir, tiene confianza en avenidas posibles de infinito.

Buscar lo que ha muerto para que no se muera es una ética de la memoria. Es la ética de esta poesía. Es la estética de una escritura impecable que emociona y “hace brotar la fuente de la roca”, como quería Reverdy. Una escritura que sueña y por eso está perfectamente despierta. En la búsqueda de sus vértigos busca a todos y a cada uno de nosotros. ¿Somos sus vértigos? ¿Así le somos? ¿Qué nos mueve esta poesía? No enseña, nos hace ver lo que lo que no está allí. Lleva las palabras a la verdad y nos arrastra a ver el mundo sin nosotros.

El fulgor que nace de la cicatriz de sus palabras aleja la desdicha. Es una hazaña del dolor. El envés indeseado y terrible del amor, esa bestia negra que aparece en sus vacíos es derrotada por esta poesía. Mata a esa bestia una desesperación en estado de delirio. ¿No alumbra acaso el dolor del amor? ¿Y qué otro cielo que el amor tiene la poesía? Amor y poesía se dan mutuamente razón de su existencia.
¿Y ese extraño misterio de ser en la palabra y ser fuera de de ella al mismo tiempo? ¿Sobre cuánto valor y dignidad esta poesía se levanta? Idea Vilariño da todo sin conservar nada. Esto que algunos llamarían martirio es heroísmo, no el heroico -más supuesto que real- de los campos de batalla, sino el humilde de un hacer que quien lo hace sabe inexpresable. Perseguir la palabra para dar sin pedir.

Como toda gran poesía, ésta abre sus puertas nunca dichas. El poeta crea lo que no es, lo saca del vacío donde flota y así da forma a lo que no tiene voz. ¿Pero qué voz es la de Idea? No está rota : es una pese todas las rupturas porque crea otras nuevas y les da palabra. “Nombrar alcanza”, dice. Y nombra con rigor, con una difícil sencillez que entraña el despojo más extremo. Esta poesía es una palabra de hueso a la intemperie, calcinada por los soles del amor y del dolor. ¿O es un único sol?
Llama a la palabra más pobre, más escueta, más desprovista de peso material para convertirse en materia ella misma. Materia de belleza. Tiene un no que da fuerza al sí contra la precariedad de la vida y de lo vivo. Crea relaciones desconocidas antes, versos que no se habían escrito nunca. Da de nacer. ¿Sostener la palabra para atravesar el dolor? ¿sostener el dolor para atravesar la palabra? 
“Verdad habla quien habla sombra”, sabía Paul Celan. “Los abismos me nombran”, dice Idea. Sí. Pero también siega “las mieses que el frío dejó intactas”. “Haberse muerto tanto y que la boca/quiera vivir un poco todavía”, dice. La palabra quiere a esa boca viva. “Este fardo sombrío/que me he echado a la espalda”, dice. ¿Será también la poesía, el demonio de las tradiciones árabes que monta al poeta para obligarlo a decir lo que en la lengua no existe? “El amor… ah, qué rosa, qué rosa verdadera”.

Poesía lujosa de silencios cargados de sentido y de otro sentido, es decir, de más poesía. “Hoy me hundo en la nada”, dice. Y de la nada, de lo más deshumano y del “aire más duro”, extrae canto de la lengua para cerrarles el camino. Habla de la vida perdida en “tareas sin luz”. Entonces desgarra las entrañas de la sombra para que la luz entre y las abrigue. Ha quemado “los candores más íntimos”.

Esta poesía calla sus palabras para que hablen y pone su cuerpo a lo que va a venir. No existe como territorio sino como tiempo interior y del deseo, atisbo de un mundo que hasta ahora han negado todos los sistemas. “Por qué soportamos esta historia”, esta “basura acumulada de los días”, dice. Los animales del amor tienen prohibido llorar. La poesía de Idea Vilariño da cuenta del enigma. Poesía que convierte a una pequeña habitación en todo el mundo. En este tiempo de la despasión muestra, clara, que sin pasión no hay palabra verdadera. Sólo la palabra sucia de pasión sabe vivir, puede vivir.

“Soledad como una sopa amarga”, dice, y se alza contra el discurso del Amo que decreta la inexistencia del Otro. Es un habla de alteridad posible en su imposible, llena de viajes y contradicciones, de ascensos y descensos al infierno personal, que sabe que el otro participa de uno sólo para diferenciarse. Posee tal deseo y fuego de diamante que su mensaje se torna en total ausencia de mensaje para dar en sustancia de palabra ese lugar necesario para que la palabra nazca nuevamente. Cesa el lenguaje para darle paso otra vez. Trae vísceras profundas de la lengua.



Gaspara Stampa, la gran poeta italiana del Renacimiento, quería “vivir ardiendo sin sentir el mal”. A Idea Vilariño sólo le fue concedido lo primero.

TRABAJAR PARA LA MUERTE

El sol el sol su lumbre
su afectuoso cuidado
su coraje su gracia su olor caliente
su alto
en la mitad del día
cayéndose y trepando por lo oscuro del cielo
tambaleándose y de oro
como un borracho puro.


Días de días noches temporadas
para vivir así para morirse
por favor por favor
mano tendida
lágrimas y limosnas
y ayudas y favores
y lástimas y dádivas.


Los muertos tironeando del corazón.


La vida rechazando
dándoles fuerte con el pie
dándoles duro.


Todo crucificado y corrompido
y podrido hasta el tuétano
todo desvencijado impuro y a pedazos
definitivamente fenecido
esperando ya qué
días de días.


Y el sol el sol
su vuelo
su celeste desidia
su quehacer de amante de ocioso
su pasión
su amor inacabable
su mirada amarilla
cayendo y anegándose por lo puro del cielo
como un borracho ardiente
como un muerto encendido
como un loco cegado en la mitad del día.
- Idea Vilariño



"LA CANCIÓN Y EL POEMA"
Idea Vilariño
Interprete: ALFREDO ZITARROSA


POEMARIOS DE IDEA VILARIÑO

Vuelo ciego (Visor, 2004).
Poesía completa (Lumen, 2008),



 

sábado, 26 de diciembre de 2009

Dos poemas de Manuel Villacieros Juliá

Manuel Villacieros Juliá (Alicante, 1951)
  DE VIENTOS Y PRESAGIOS, es el poemario que se publicará en 2010.
 "Periplo de olvidos" y "Una noche cualquiera", estarán incluidos en el mismo.


PERIPLO DE OLVIDOS

Me quiere, no me quiere;
me quiere, no me quiere
y sin embargo, una espina;
nunca viera margaritas espinosas.


País extraño este mío,
aquí encuentro flores extrañas
y allá extrañas personas,
mas, olvidé que lo olvidaba.


Olvidaba mis pasos al caminar,
el ignoto destino olvidaba,
olvidé que no me amaba
y olvidé que me olvidabas.


Olvidaba mis manos vacías
ayer llenas de tu cuerpo,
olvidaba tu alma velada
tras sutiles cortinas de olvido.


Quería olvidar tu olvido,
el mismo que me mataba,
moría en muerte de duelos;
duelos de muerte y olvido.


Olvidaba vigilias desnudas de sueño
tan pobladas de recuerdos y olvidos,
como huérfanas de tu presencia,
aún víctimas de tu ausencia.


Podría olvidar tu piel
y olvidar que me olvidaba,
morir algo en cada olvido,
soñar y olvidar sin tu vida, mi muerte.


Olvidaba puertas cerradas por olvido,
olvidaba errores de sueños despierto,
olvidaba que de olvidos vivía,
olvidaba que no me querías.


Juntar recuerdos y olvidos
es mezclar vidas con muertes,
o ponerle ruedas al miedo
y esperar que camine y se aleje.


Cómo olvidar tu cara o tu olvido,
pobladas mis paredes de tus retratos,
cargada mi espalda con tus recuerdos,
vacío nuestro espejo de tu imagen.


Ni siquiera mis sábanas te recuerdan,
hasta ellas olvidaron tu calor,
tu cepillo dental enmohecido,
testigo, mi cocina sin tus guisos.


No es que yo creyera ser patético,
es que imaginaba ser
el patetismo hecho persona,
personificado estoy en el olvido.


No solo quería olvidar,
quería vivir en un sueño de olvidos;
olvidaba que duele olvidar mas,
recordando que tú ya me olvidas,
me dije:
            “me olvidaré de su olvido
             y la olvidaré…
             en cuanto pueda.”

            - Manuel Villacieros Juliá





UNA NOCHE CUALQUIERA

La noche me trajo sus consejos:
el más valioso sentido, es el del humor,
- me dijo, -
y no guardar rencor a nadie
para sentirse más joven;
y ser adicto al amor, 
- una droga tan dura como cualquier otra, -
para no desligarse de las emociones;
y vivir el tiempo como el mejor autor
como quien conoce el final perfecto de la obra;
y cultivar la sinceridad de la ternura 
como la verdadera sonrisa del alma;
y divertirse rompiendo las normas
siendo más sinceros que formales;
y provocar con la inteligencia 
al tiempo que olvidamos las bajas pasiones;
y mandar al cielo a nuestros enemigos
para que se aburran eternamente;
y saber que nada se puede aprender
sino en función de lo que ya se sabe;
y admitir que la armonía del mundo 
está hecha de las discordancias humanas;
y tener coraje, 
incluso para ser cobarde, 
porque serlo, 
resulta, 
- a veces,- 
perfectamente humano;
y encontrar consuelo en vivir y morir 
de frente a la vida,
nunca escondidos en inútiles arrepentimientos;
y revelarse en el diálogo inteligente,
tanto por lo que se diga 
como por lo que se calle;
y compartir con alegría las fatigas
para hacer la labor más llevadera;
y ganar para la causa al enemigo del cinismo
dominando el principio de la razón;
y saber que cualquier hombre 
puede triunfar entre los hombres, 
si es capaz de vivir sin alma;
y valorar la grandeza de los corazones
regalándola al hermano,
a los amigos y enemigos 
como riquezas que no se venden;
y no juzgar al hombre por sus cualidades
sino por el uso que hace de ellas;
y saber que es una triste tendencia humana
intentar correr más rápido, 
o a contracorriente,
cuando ya se ha perdido el camino;
y labrar recto en los surcos de la amistad
recogiendo lo mejor de cada cosecha;
y agotar los odios del pasado
para limpiar de recuerdos la memoria
conservando aquellos que dan vida;
y vivir simplemente el día a día
sintiendo que la vida gira alrededor,
como un flujo vital e ineludible;
y sentir que las cosas importantes de la vida
se han forjado sobre las huellas del amor
que vamos dejando atrás;
y no creer que haya un tiempo de morir
más allá de cualquier duda;
y ser tan claro
como el agua que mana de la fuente
y tan limpio
como un acorde de guitarra.

       - Manuel Villacieros Juliá






miércoles, 23 de diciembre de 2009

ENRIQUE VILA-MATAS RESPONDE A LAS PREGUNTAS DE SUS LECTORES

El escritor español Enrique Vila-Matas ha tenido la amabilidad de contestar a unas preguntas formuladas desde el  grupo estable de lectores en Facebook : "Leyendo a Enrique Vila- Matas".

Desde este blog le agradecemos su paciencia y su tiempo, vaya esto por delante.



He aquí la entrevista:

1.- Escribe en su libro "Exploradores del abismo": “Mis exploradores son optimistas y sus historias, por lo general, son las de personas corrientes que, al verse bordeando el precipicio fatal, adoptan la posición del expedicionario y sondean en el plausible horizonte, indagando qué puede haber fuera de aquí, o en el más allá de nuestros límites”. Pregunta: ¿De qué manera se protegen sus exploradores de las Sirenas o es que no alcanzan a escuchar su Canto?
R. He perdido el control sobre esos expedicionarios. Ya hace demasiado tiempo de todo, y para mí es también ya demasiado el tiempo que ha transcurrido desde que perdí la pista de mis exploradores. Las últimas noticias que tuve de ellos hablaban de que Orfeo les protegía noche y día.

2.- Gracias a usted mucha gente conoce la figura de Robert Walser. ¿Cuál o cuáles serían a su juicio otros autores que merecerían ser rescatados de la invisibilidad a la que se han podido ver abocados por diversas circunstancias?
R. Teniendo en cuenta que la gente lee a Dan Brown, bastará que le dé la lista de libros que rondan mi mesita (mesita de día, porque de noche, en la cama, no leo) para que tenga la impresión de hallarse ante algunos autores no muy visibles y en cambio apasionantes: El Padre Muerto (Donald Barthelme), La cuestión de Bruno, El proyecto Lázaro (dos libros de Aleksandar Hemon), La voz a las tres de la madrugada (Charles Simic) El amigo del desierto (Pablo d´Ors), Noches insomnes (Elizabeth Hardwick) Contes rusos (Francesc Serés) .
3.- ¿Tiene la clave para resolver el mensaje cifrado del relato de Bolaño?  3860 + 429777–469993? + 51179–588904 + 966 – 39146 + 498207856
R. Hay un cuento de Nabokov que terminaba con un acróstico que supuestamente resolvía el misterio del mundo. En el mensaje cifrado de Bolaño hay un juego parecido. Es como la cajita china de Belle de jour, de Buñuel, que contiene lo que cada espectador quiera imaginar que contiene.
4.- ¿Podría usted desarrollar/profundizar sobre el concepto, a mi parecer, vanguardista, de "blog en web"?
R. Es otro juego, en este caso de palabras. En la intimidad lo llamo “blwebg”. Se trata de probar y ver si alguien en un futuro inmediato sigue la estela de la expresión blog en web. En ese caso, Elena (la realizadora del web) y yo nos habríamos inventado un término. En la vida real, la fundación del término blog en web es más prosaica. Surge de la idea de que mi web no sea un lugar muerto, es decir, un sitio de pura propaganda del autor: esos lugares que se visitan una vez y ya no se vuelve. El blog dentro de la web le da vida. En el último blog en web, “¿Ha llegado ya Emilie Dickinson?”, el espectador asistía –con una frecuencia más o más semanal- a la creación en vivo de un texto de ribetes vanguardistas. Ahora bien, el blog acabó en un callejón sin salida y se ha convertido en un “blog truncado”. No pasa nada. Seguirán otras experiencias. Recomiendo HALP, el anterior blog, está ya entero en la red: http://www.enriquevilamatas.com/
5.- "Dietario voluble" lleva al límite el juego entre realidad e invención presente en toda su obra. Planteada como una recopilación de artículos de su diario personal, acaba convirtiéndose en un relato de ficción sobre su propia vida. ¿Es este planteamiento formal un pretexto para novelarse a sí mismo, o un nuevo recurso expresivo para seguir desarrollando la intertextualidad entre vida y literatura? ¿O tal vez ambas cosas?
R. Observará que en la página 36 de Dietario voluble hay una nota a pie de página que explica que lo que cuento en el dietario acerca de lo que me pasó en ese mes de mayo de 2006 –la descripción del colapso físico que me dejó a las puertas de la muerte: un hecho para mí, como usted comprenderá, muy serio, gravísimo- ya lo había contado, casi de forma idéntica, en una ficción, en el relato “Porque ella no lo pidió”, incluido en mi libro Exploradores del abismo. ¿Qué quiere decir esto? Que algo que me ocurre en mi vida real (aunque sea de una gravedad tal que me obligue a pensar que aquello es desgraciadamente un hecho real) puedo transformarlo en material para la ficción y viceversa. No veo tantas separaciones entre ficción y realidad. A fin de cuentas, la vida es un sueño. ¿O no? En mi artículo “La lluvia en Brighton” (El País-Cataluña, 29 noviembre 2009) ya hablo de la pregunta que parece desprenderse de la biografía de Kafka: ¿Puedo vivir mi vida de tal forma que cada una de las experiencias vividas se transformará en escritura, y puedo escribir de tal forma que toda mi escritura tendrá un impacto experiencial transformativo en cómo vivo? Si no fuera porque me moriré sería capaz de ficcionalizar hasta mi propia muerte.

6.- En “Paris no se acaba nunca” escribe usted: “No creo que tarde en ausentarme de aquí. Me iré con mi conciencia, que siempre fue para mí una ironía en crecimiento que, a medida que se hacía fuerte y grande, tendía al mismo tiempo, paradójicamente, a desaparecer (…) Me iré de aquí para disolverme, disociarme, desintegrarme, dejar hecho trizas todo conato de personalidad o de conciencia, cualquier nostalgia de Paris. Después de todo, ironizar es ausentarse.” Pregunta: ¿Podría usted explicar la expresión: “ironizar es ausentarse”?
R. La ironía (al menos en literatura) es un complot contra la realidad. Al ironizar, nos liberamos de la realidad que nos acongoja y que quiere hacernos creer que es ella lo único que existe. Ironizamos y nos ausentamos de su reino malévolo.
7.- Estimado Sr. Vila-Matas, es un placer siempre recorrer o descubrir a su lado paisajes olvidados o perdidos de la gran Literatura, muchos vamos siguiéndole poco a poco, tras sus pasos de gigante, pero ¿Hacia dónde vamos, cuál es el futuro de la Literatura, de la escritura? ¿Dónde están los nuevos horizontes, las nuevas voces y plumas, que abren grietas en la novela y cuento actual?
 R. No tenemos nada que envidiar a épocas anteriores. A finales del siglo pasado, surgieron autores de gran calado, como Roberto Bolaño, Aleksandar Hemon, Sergio Chejfec, W.G. Sebald. Que vinieron a unirse a otros grandes, que ya estaban entre nosotros: Claudio Magris, Sergio Pitol, Tomas Pynchon, César Aira, Don DeLillo, Giorgio Agamben, J.M: Coetzee, Alice Munro, Peter Handke… Hay actualmente diversas propuestas narrativas que no cuentan con mucho público, pero sí con un buen número de lectores. Como dice Aira: “Nosotros preferimos tener lectores que público”
8.- He leído lo siguiente: cuando uno lee, quiere escribir, pero el que escribe no es alguien que lee. El que quiere escribir porque lee es siempre un mal escritor. Usted, sin embargo, ha conseguido ser un gran escritor porque ha entendido que escribir podía ser su modo de seguir leyendo y para eso crea novelas que son la escritura de una lectura. ¿Qué cree usted?
R. Soy un lector que escribe. Parte del interés que he despertado en los lectores lo atribuyo –después de darle muchas vueltas a la recepción que ha tenido mi obra en los últimos años- a que le hago participar al lector de la misma búsqueda que yo hice en el momento de escribir el libro: búsqueda de información, textos y libros sobre un determinado tema y unos determinados autores. Dicho de otro modo, en lugar de dedicarme a leer a Robert Walser, por ejemplo, me puse a escribir sobre él para tener que leerlo. Lo mismo me ha sucedido en mi último libro, Dublinesca. Me he volcado sobre esa ciudad irlandesa y su literatura sin saber casi nada al principio sobre ella. He tenido que aprender mucho sobre Dublín para poder hablar con cierta solvencia sobre su cultura. Y ahora tengo la impresión de que el lector de Dublinesca vivirá conmigo esa reciente aventura mía como lector, y la vivirá tal como la he vivido yo: fascinado.
9.- Usted ha escrito que cuando le preguntaron a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir, éste esgrimió como excusa la muerte de su tío Celerino que había sido el que le contaba todas sus historias. ¿Ha tenido Usted en algún momento algún tío Celerino? En tal caso, ¿cuáles han sido sus tíos Celerinos, cara a la galería o para colmarse a si mismo?
R. Si algún día dejo de escribir, no buscaré excusas. He estado siempre sin tío Celerino y no voy a inventarme ahora uno para tratar de justificar mi deserción de la literatura.
10.- ¿Por qué cree que determinados "escritores realistas" dicen falsamente que usted no es un narrador, sino un "metaliterato"?
R. Si todos esos mediocres supieran lo que pienso realmente de ellos, hablarían cien mil veces peor de mí.
11.- ¿Qué papel juega Catherine Deneuve en la vida y en la obra, o en el duermevela en el que se entrecruzan ambas, de Enrique Vila-Matas?
R. En Dublinesca, mi próximo libro, se aclaran algunos de los puntos oscuros de mi relación con Deneuve. O, mejor dicho, se embrollan más las cosas. El hecho es que confundo (en Dublinesca al menos) a Deneuve con la propia literatura. Todo debió empezar en mi adolescencia, cuando vi “Los paraguas de Cherburgo”.
12.- Entiendo que ha leído y conoce personalmente a escritores venezolanos como Ednodio Quintero y Victoria di Stefano. En alguna oportunidad ha reconocido el valor literario de sus obras. Me gustaría saber si ha tenido oportunidad de leer a otros escritores venezolanos actuales y qué opinión tiene -de tenerla- de sus trabajos?
R. Rafael Cadenas, Luis Moreno Villamediana, Antonio López Ortega, Ana Teresa Torres, Alberto Barrera Tyszka, José Balza, Norberto José Olivar, Lidia Salas, Daniel Centeno, Jacqueline Goldberg, Juan Carlos Méndez, Edgar Borges son algunos de los autores venezolanos que he leído con sumo interés. Era, por otra parte, un admirador del magnífico Eugenio Montejo. Gran poeta, sin duda. Tan grande como Cadenas, por supuesto. Y como Luis Enrique Belmonte, un joven genio. Ya desaparecidos, Oswaldo Trejo, Pedro Berroeta, Adriano González León, fueron escritores que traté y que en su momento me impresionaron literariamente, por diversos motivos.
13.- Señor Vila-Matas, me gustaría conocer su relación con el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti y qué le impactó cuando le oyó hablar en el Instituto Francés de Barcelona allá por el año 1981. ¿Sigue depositando su fe sólo en lo más rabiosamente subjetivo? ¿Sigue creyendo que en la burla está la cura de la literatosis, haciendo que esta enfermedad aparezca como lo que es en realidad: una batalla por los derechos de la ficción?
R. Es un grandísimo narrador que, de ser norteamericano, sería conocido hoy en todo el mundo. En 1981 oí hablar, por primera vez, de él. No le escuché en el Instituto Francés porque ese día andaba yo en asunto personal, rabiosamente subjetivo, que me interesaba más. En cuanto a los derechos de la ficción, no sé qué decirle. Tiene sus derechos, los mismos que la realidad. Pero la realidad y la ficción están separadas por una lábil frontera que también tiene sus derechos. Mi abogado vive en esa frontera.
14.- Estimado, Sr. Vila-Matas. Nobleza obliga, y como librero no puede dejar de preguntarle ¿Qué sensaciones tiene respecto al e-book y los nuevos tiempos y campos que se abren en la venta, distribución, edición y creación de libros? ¿"Esto matará aquello", jugando con la mítica frase? ¿Hacia dónde cree que vamos, hacia el residuo del libro como pura antigualla, o los verdaderos viciosos seguiremos atados a la erótica del libro y sus formas?
R. El e-book se venderá mucho esta navidad. Pero como regalo. Los regalos de la Navidad de 2009 no pueden competir con la historia de los libros. Mi amigo Juan Villoro sostiene la tesis de que si lleváramos quinientos años de e-books y hubieran este año descubierto los libros, las ediciones impresas (tan cómodas y tan buen invento, por cierto), todo el mundo se precipitaría a regalar libros estas navidades. El libro aparecería como un descubrimiento impresionante… En cuanto al futuro, no sabemos, nadie sabe. Miro todo con optimismo. Creo que el mundo anda muy mal, pero que aún andará peor. Estamos viviendo en el fondo en una buena época, teniendo en cuenta lo que se avecina.
15.- Podemos estar enfermos de literatura, querer inventar otra vida, tener nuestro propio tío Celerino... Hoy en día nos encontramos ante un fenómeno en auge: los escritores de las redes sociales y sus lectores. Se trata de escritores que no han publicado sus escritos y entonces los difunden a través de la red social -especialmente Facebook- para que las personas que conforman su lista de amigos los lean, interactúen, comenten. Por otra parte, quienes no escriben y se reconocen como lectores -me incluyo- publican textos de otros escritores con la finalidad de compartirlos. Sin embargo, a través de la selección que realizan de autores y textos, se dan a conocer, se cuentan a sí mismos, se muestran ante el público o el lector virtual. Cantidades de citas de autores como también de fragmentos de poemas, novelas, etc. reflejan los distintos estados de ánimo de las personas de la red. Tanto quienes se denominan escritores como los que se consideran lectores, desean ser leídos, y la mayoría de ellos podría declararse como enfermo de literatura al punto que más de uno utiliza como nombre de usuario el de un escritor famoso, y escondido bajo su nombre y su imagen opina sobre lo que lee y sobre diversos temas profundos o triviales. ¿Qué opinión le merece este nuevo fenómeno que toca de cerca a la literatura, a sus escritores y sus lectores?
R. Me parece sensacional internet, la biblioteca de Babel. Me paso horas ahí. Mi propia web (y esta misma entrevista) demuestra que me he volcado sobre estas nuevas redes sociales.
16.- ¿Podría adelantarnos algo más de lo escuchado en los medios sobre su próxima novela Dublinesca?
R. Hay en el personaje central del libro, Samuel Riba, una pasión por lo extranjero. Está fatigado de la cultura española y de la francesa, de las que ha vivido siempre impregnado. Necesita respirar, buscar lo extranjero, huir de lo familiar. Para él, lo inglés es el inicio de la diferencia, de lo exótico. Y sabe que sólo lo ajeno a su mundo familiar, sólo lo extranjero, será capaz de atraerle en alguna dirección apasionante. Se da cuenta de que necesita aventurarse en geografías donde reine la extrañeza y también el misterio y la alegría que rodea lo nuevo: volver a ver con entusiasmo el mundo, como si lo estuviera contemplando por primera vez. En definitiva, se da cuenta de que le convendría lo que él acaba llamando “el salto inglés”: centrar sus intereses en la ciudad de Dublín sobre la que no sabe nada, pero sobre la que ha tenido un sueño muy emotivo, probablemente premonitorio. Quiere celebrar en Dublín un funeral por el fin de la literatura o, mejor dicho, por el fin de la era Gutenberg. No sabe qué hacer con su vida y de pronto comprende que lo apocalíptico le ofrece paradójicamente una idea de futuro. Conecta con unos amigos para celebrar un festivo funeral en Dublín. Es el libro más alegre (no optimista, pero muy alegre) que he escrito.
17.- ¿Qué significa para usted, que con frecuencia habla en su obra de esta necesidad, “convertirse en literatura”?
R. “No es que me interese la literatura, sino que soy literatura”, le dijo Kafka a su novia Felice Bauer. Es una sorprendente frase, ¿no? Inicialmente la idea de ser o de convertirse en literatura probablemente vino de ahí. En “El mal de Montano” la desarrollé a mi manera al crear un personaje quijotesco que cree que él es la literatura misma. Ya cuando escribía ese libro me pareció que creer algo así era una locura, y por eso le inventé rápidamente un acompañante al personaje, una especie de Sancho Panza, que tratara de hacerle entrar en razón. Hoy me siento alejado de todo esto, mis intereses son otros. Hoy hasta a Sancho Panza lo encuentro loco.
18.- ¿Si tuviera que llevarse sólo libros de tres autores a una isla desierta, ¿cuáles elegiría en un abrir y cerrar de ojos?
R. Durante unos días, en circunstancias que algún día narraré, fui a parar a una isla desierta. Y no necesitaba libros, se lo juro. Otras cosas me eran mucho más esenciales. La falta de libros la suplía fácilmente imaginando/recordando historias. Con esas historias trataba de ahuyentar mi angustia. Hubo por suerte un final feliz. Y estoy refiriéndome con esto, por supuesto, a un final feliz a mi pequeña tragedia de la vida real. Aprendí mucho en esos días, y no lo aprendí de los libros. No conocía las verdaderas dimensiones y la potencia de la mente humana. Algunos que han estado en cautividad, sin nada, hablan también de esto.
19.- Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas y supongo que habrá tenido la oportunidad de hablar con lectores de diversos países. ¿Ha notado diferencias a la hora de entender su obra con respecto a los diferentes lectores de los distintos países en los que se han publicado sus libros? ¿Cuál cree que han sido los lectores que mejor han sabido captar lo que usted quería transmitir?
R. No va por nacionalidades. Lo he contado muchas veces. Cuando publiqué Bartleby y compañía, las cartas (muchas) que me fueron llegando de unos lugares y de otros (20 países) tenían estructuras idénticas. En la primera parte de las cartas se dedicaban a decirme que quien me escribía era un bartleby (me contaban sus circunstancias personales). En la segunda parte de sus cartas, tal vez para disimular que hubieran hablado tanto de sí mismos y de su problema bartleby, me daban nombres de autores que podrían haber aparecido –como bartlebys- en mi libro. Llegué incluso a recibir una lista de escritores bartlebys coreanos (del Sur).
20.- Cuando leo la obra 2666 de Roberto Bolaño tengo la impresión de estar leyendo a un escritor centroeuropeo tipo Sebald o Magris. ¿Qué opina usted sobre ello?
R. Aquí Bolaño se reiría, pero no sé lo que diría. Yo creo que era una mezcla de muchas culturas, había leído mucho. En Norteamérica gusta ahora Bolaño una barbaridad, porque en realidad escribe historias muy narrativas, que es lo que no hacen ya los grandes genios actuales de los Estados Unidos. Lo han adoptado como si fuera suyo. También aquí, al oír que lo han adoptado, Bolaño se reiría. Era un escritor de muchos lugares. Pero para mí, será siempre el escritor que conocí en Blanes. Un escritor de carne y hueso. Aunque hoy en día, me parece ya de orden casi fantástico, casi inverosímil, haberme peleado y reído tantas veces con él. En la calle del Loro. Hablábamos a fondo. Fue una época importante para mí. Bolaño me hizo reencontrarme con el espíritu con el que había yo debutado en la literatura.


Participaron en esta entrevista:
 Juan Salas Villanueva, Javier Avilés, Karlatone Olvera, Montxo Armendáriz, Rosa María Pérez Betancort, Adolfo López Chocarro, Luciano Poblete, Silvia Rodríguez Court, Santiago Gil, Valmore Muñoz Arteaga, Susana Borobio, Librería Zubieta-Troa Librerías, Alejandra Moglia, Gerardo C, Carmen Galván, Manolo de la Fe y Elisa Rodríguez Court.

Alentados por los más de 600 lectores activos que componen este inquieto grupo en Facebook:

LEYENDO A ENRIQUE VILA- MATAS
Juan Salas (Creador)
Alejandra Moglia.
Elisa Rodríguez Court.




Tomamos la palabra, porque no somos lectores pasivos. Sabemos que, cuando atravesamos con la mirada los libros y los textos literarios, dejamos en ellos una parte de nosotros mismos. Entre sus páginas nos extraviamos, nos encontramos, nos disolvemos. Tal vez busquemos mediante la lectura recuperar una parte perdida de nosotros mismos o algo que tanto duele haber perdido por no haberlo tenido nunca. Buscamos nuevas preguntas a respuestas antiguas o respuestas nuevas a las preguntas más primigenias. Trazamos nuestra propia geografía en los mapas que descubrimos. Añadimos montañas, el mar, ríos, desierto, barcas, animales, ojos, manos, rostros, voces,…a los paisajes dibujados con letras en los libros. Nos enfadamos con los personajes, los abrazamos. Nos embutimos en sus entrañas, nos volvemos ellos y ellos se vuelven nosotros. Las palabras escritas ponen a prueba nuestro modo de pensar y de sentir, alargan nuestra mirada y, a la vez, se brindan en las páginas como espejos de nuestros rostros, de nuestra primera y segunda piel, de la dicha, del fracaso, del dolor, de los sueños.

Tomamos la palabra con afinidad electiva, porque como LECTORES deseamos encontrar, en la interacción e implicación activa con otros LECTORES, la obra del escritor ENRIQUE VILA-MATAS. Y lo queremos hacer, compartiendo sus múltiples variantes interpretativas.


Para finalizar, quedais invitados a uniros a nuestro grupo en Facebook, Leyendo a Enrique Vila-Matas:

http://www.facebook.com/group.php?gid=218599325256&ref=mf

Un cordial saludo.

martes, 22 de diciembre de 2009

Poemas en las Vísperas de la Nochebuena

He publicado en facebook dos poemas que me han parecido verdaderas joyas. No explico más, la poesía no se explica...

JESÚS, EL DULCE, VIENE... de Juan Ramón Jiménez

Jesús, el dulce, viene...

Las noches huelen a romero...
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!


Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría...
Mas la celeste melodía
suena fuera...
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma...


¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!






Canción al Niño Jesús de Gerardo Diego

Si la palmera pudiera

volverse tan niña, niña,
como cuando era una niña
con cintura de pulsera.


Para que el Niño la viera...
Si la palmera tuviera
las patas del borriquillo,
las alas de Gabrielillo.


Para cuando el Niño quiera,
correr, volar a su vera...
Si la palmera supiera
que sus palmas algún día...


Si la palmera supiera
por qué la Virgen María
la mira... Si ella tuviera...
Si la palmera pudiera...
...la palmera...


Con todo mi afecto a mis amigos en las Vísperas de la Nochebuena.
Os llevo en el corazón, mi corazón va con vosotros.

Tres cuentos de Truman Capote I.- Un recuerdo navideño (A Christmas Memory, 1956)

    Tres relatos protagonizados por una vieja parienta solterona, Miss Sook, con la que vivió Truman Capote en Alabama cuando era niño, y por el mismo Capote, que aparece con el nombre de Buddy.


“Un recuerdo Navideño”, narra esa entrañable relación. Lo hace en presente, tal vez para dar más importancia a ese momento que nos narra, la preparación de tartas para regalar en vísperas de Navidad. , Buddy aprende de Miss Sook a vivir la Navidad pensando en los demás: «La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti, pero, diablos, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros»

Ya en su segunda novela —El arpa de hierba, de 1951—, descubrió un medio maduro de utilizar áreas importantes de su pasado para enriquecer una ficción investida de una convincente verdad personal. Esas áreas no se centraban en la sexualidad, sino en la atención profundamente alentadora que recibió en la infancia de una prima en particular y de los lugares que frecuentaban en sus juegos aficiones. La prima se llamaba Sook Faulk y era una mujer de afectos y preocupaciones tan contados que muchos la juzgaban simplona, aunque sólo era (y admirablemente) simple; y en los años en que ella y Truman compartieron un hogar, ella le hizo el enorme obsequio de un amor lleno de dignidad: un regalo que no había recibido de ningún pariente próximo

Entre esas historias, donde más visibles resultan esa hondura de sentimiento y su expresión magistral en la prosa memorablemente clara que sellaría la restante obra de Capote, es en su lamoso relato «Un recuerdo navideño» y en los menos conocidos «El invitado del día de Acción de Gracias» y «Una Navidad»: puede que este último resulte algo dulzón para los gustos contemporáneos, pero, aun así, es igual de conmovedor en su revelación de otra herida temprana, infligida esta vez por un padre irresponsable y lejano. Es probable que la mayoría de sus compatriotas conozca «Un recuerdo navideño» a través de un excelente telefilme magníficamente interpretado por Geraldine Page; pero quienquiera que lea el cuento original descubre una hazaña, más difícil que cualquier actuación ante las cámaras. Por medio de su prosa cristalina y una brillante economía del ritmo narrativo, Capote elimina todo posible sentimentalismo de un pequeño elenco de personajes, acciones y emociones que podrían haber sido empalagosos en manos menos vigilantes y diestras. Sólo Chéjov nos viene a la memoria como un escritor igualmente dotado para el tratamiento de un asunto parecido

En su naufragio final, esta escasa colección de cuentos podría haberle parecido a Capote el menor de sus logros; pero, en el terreno de la expresión del sentimiento humano, representan su victoria más admirable. Del tormento de una vida que heredó, primero, de un padre tremendamente negligente y de una madre que nunca debería haberlo sido y, segundo, de su propia negativa a vencer sus obsesiones personales, extrajo estas historias que, en el campo de batalla de la prosa inglesa, constituirán durante muchos años tanto plegarias serenas y perdurables como gracias obtenidas: a la libre disposición de todos los lectores.(1)


I.- UN RECUERDO NAVIDEÑO  (1956)
  TRUMAN CAPOTE

     Imaginad una mañana de finales de noviembre. Una mañana de comienzos de invierno, hace más de veinte años. Pensad en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su principal característica es una enorme estufa negra; pero también contiene una gran mesa redonda y una chimenea con un par de mecedoras delante. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos.
Una mujer de trasquilado pelo blanco se encuentra de pie juntoa la ventana de la cocina. Lleva zapatillas de tenis y un amorfo jersey gris sobre un vestido veraniego de calicó. Es pequeña y vivaz, como una gallina bantam; pero, debido a una prolongada enfermedad juvenil, tiene los hombros horriblemente encorvados. Su rostro es notable, algo parecido al de Lincoln, igual de escarpado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida.
—¡Vaya por Dios! —exclama, y su aliento empaña el cristal—.
¡Ha llegado la temporada de las tartas de frutas!

La persona con la que habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y tantos. Somos primos, muy lejanos, y hemos vivido juntos, bueno, desde que tengo memoria. También viven otras personas en la casa, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y nos hacen llorar frecuentemente, en general, apenas tenemos en cuenta su existencia. Cada uno de nosotros es el mejor amigo del otro. Ella me llama Buddy, en recuerdo de un chico que antiguamente había sido su mejor amigo. El otro Buddy murió en los años ochenta del
siglo pasado, de pequeño. Ella sigue siendo pequeña.
—Lo he sabido antes de levantarme de la cama —dice, volviéndole la espalda a la ventana y con una mirada de determinada excitación—. La campana del patio sonaba fría y clarísima. Y no cantaba ningún pájaro; se han ido a tierras más cálidas, ya lo creo que sí. Mira, Buddy, deja de comer galletas y vete por nuestro carricoche. Ayúdame a buscar el sombrero. Tenemos que preparar treinta tartas.

Siempre ocurre lo mismo: llega cierta mañana de noviembre, y mi amiga, como si inaugurase oficialmente esa temporada navideña anual que le dispara la imaginación y aviva el fuego de su corazón, anuncia:
—¡Ha llegado la temporada de las tartas! Vete por nuestro carricoche. Ayúdame a buscar el sombrero.Y aparece el sombrero, que es de paja, bajo de copa y muy ancho de ala, y con un corsé de rosas de terciopelo marchitadas por la intemperie: antiguamente era de una parienta que vestía muy a la moda. Guiamos juntos el carricoche, un desvencijado cochecillo de niño, por el jardín, camino de la arboleda de pacanas. El cochecito es mío; es decir que lo compraron para mí cuando nací. Es de mimbre, y está bastante destrenzado, y sus ruedas se bambolean como las piernas de un borracho.Pero es un objeto fiel; en primavera lo llevamos al bosque para llenarlo de flores, hierbas y helechos para las macetas de la entrada; en verano, amontonamos en él toda la parafernalia de las meriendas campestres, junto con las cañas de pescar, y bajamos hasta la orilla de algún riachuelo; en invierno también tiene algunas funciones: es la camioneta en la que trasladamos la leña desde el patio hasta la chimenea, y le sirve de cálida cama a Queenie, nuestra pequeña terrier anaranjada y blanca, un correoso animal que ha sobrevivido a mucho malhumor y a dos mordeduras de serpiente de cascabel. En este momento Queenie anda trotando en pos del carricoche.
Al cabo de tres horas nos encontramos de nuevo en la cocina, descascarillando una carretada de pacanas que el viento ha hecho caer de los árboles. Nos duele la espalda de tanto agacharnos a recogerlas: ¡qué difíciles han sido de encontrar (pues la parte principal de la cosecha se la han llevado, después de sacudir los
árboles, los dueños de la arboleda, que no somos nosotros) bajo las hojas que las ocultaban, entre las hierbas engañosas y heladas!
¡Caaracrac! Un alegre crujido, fragmentos de truenos en miniatura que resuenan al partir las cáscaras mientras en la jarra de leche sigue creciendo el dorado montón de dulce y aceitosa fruta marfileña. Queenie comienza a relamerse, y de vez en cuando mi amiga le da furtivamente un pedacito, pese a que insiste en que nosotros ni siquiera las probemos.
—No debemos hacerlo, Buddy. Como empecemos, no habrá quien nos pare. Y ni siquiera con las que hay tenemos suficiente. Son treinta tartas.
La cocina va oscureciéndose. El crepúsculo transforma la ventana en un espejo: nuestros reflejos se entremezclan con la luna ascendente mientras seguimos trabajando junto a la chimenea a la luz del hogar. Por fin, cuando la luna ya está muy alta, echamos las últimas cáscaras al fuego y, suspirando al unísono, observamos cómo van prendiendo. El carricoche está vacío; la jarra, llena hasta el borde.
Tomamos la cena (galletas frías, tocino, mermelada de zarzamora) y hablamos de lo del día siguiente. Al día siguiente empieza el trabajo que más me gusta: ir de compras. Cerezas ycidras, jengibre y vainilla y piña hawaiana en lata, pacanas y pasas y nueces y whisky y, oh, montones de harina, mantequilla, muchísimos huevos, especias, esencias: pero ¡si nos hará falta un pony para tirar del carricoche hasta casa!
Pero, antes de comprar, queda la cuestión del dinero. Ninguno de los dos tiene ni cinco. Solamente las cicateras cantidades que los otros habitantes de la casa nos proporcionan muy de vez en cuando (ellos creen que una moneda de diez centavos es una fortuna) y lo que nos ganamos por medio de actividades diversas: organizar tómbolas de cosas viejas, vender baldes de zarzamoras que nosotros mismos recogemos, tarros de mermelada casera y de jalea de manzana y de melocotón en conserva, o recoger flores para funerales y bodas. Una vez ganamos el septuagésimo noveno premio, cinco dólares, en un concurso nacional de rugby. Y no porque sepamos ni jota de rugby. Sólo porque participamos en todos los concursos de los que tenemos noticia: en este momento nuestras esperanzas se centran en el Gran Premio de cincuenta mil dólares que ofrecen por inventar el nombre de una nueva marca de cafés (nosotros hemos propuesto «A. M.»; y después de dudarlo un poco, porque a mi amiga le parecía sacrílego, como eslogan «¡A. M.! ¡Amén!»)1. A fuer de sincero, nuestra única actividad provechosa de verdad fue lo del Museo de Monstruos y Feria de Atracciones que organizamos hace un par de veranos en una leñera. Las atracciones consistían en proyecciones de linterna mágica con vistas de Washington y Nueva York prestadas por un familiar que había estado en esos lugares (y que se puso furioso cuando se enteró del motivo por el que se las habíamos pedido); el Monstruo era un polluelo de tres patas, recién incubado por una de nuestras gallinas. Toda la gente de por aquí quería ver al polluelo: les cobrábamos cinco centavos a los adultos y dos a los niños. Y llegamos a ganar nuestros buenos veinte dólares antes de que el museo cerrara sus puertas debido a la defunción de su principal estrella.
Pero entre unas cosas y otras vamos acumulando cada año nuestros ahorros navideños, el Fondo para Tartas de Frutas. Guardamos escondido este dinero en un viejo monedero de cuentas, debajo de una tabla suelta que está debajo del piso que está debajo del orinal que está debajo de la cama de mi amiga. Sólo sacamos el monedero de su seguro escondrijo para hacer un nuevo depósito, o, como suele ocurrir los sábados, para algún reintegro; porque los sábados me corresponden diez centavos para el cine.
 Mi amiga no ha ido jamás al cine, ni tiene intención de hacerlo: —Prefiero que tú me cuentes la historia, Buddy. Así puedo imaginármela mejor. Además, las personas de mi edad no deben malgastar la vista. Cuando se presente el Señor, quiero verle bien. Aparte de no haber visto ninguna película, tampoco ha comido en ningún restaurante, viajado a más de cinco kilómetros de casa, recibido o enviado telegramas, leído nada que no sean tebeos y la Biblia, usado cosméticos, pronunciado palabrotas, deseado mal alguno a nadie, mentido a conciencia, ni dejado que ningún perro pasara hambre. Y éstas son algunas de las cosas que ha hecho, y que suele hacer: matar con una azada la mayor serpiente de cascabel jamás vista en este condado (dieciséis cascabeles), tomar rapé (en secreto), domesticar colibríes (desafío a cualquiera a que lo intente) hasta conseguir que se mantengan en equilibrio sobre uno de sus dedos, contar historias de fantasmas (tanto ella como yo creemos en los fantasmas) tan estremecedoras que te dejan helado hasta en
julio, hablar consigo misma, pasear bajo la lluvia, cultivar las camelias más bonitas de todo el pueblo, aprenderse la receta de todas las antiguas pócimas curativas de los indios, entre otras, una fórmula mágica para quitar las verrugas.
Ahora, terminada la cena, nos retiramos a la habitación que hay en una parte remota de la casa, y que es el lugar donde mi amiga duerme, en una cama de hierro pintada de rosa chillón, su color preferido, cubierta con una colcha de retazos. En silencio, saboreando los placeres de los conspiradores, sacamos de su secreto escondrijo el monedero de cuentas y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de un dólar, enrollados como un canuto y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de cincuenta centavos, tan pesadas que sirven para cerrarle los ojos a un difunto. Preciosas monedas de diez centavos, las más alegres, las que tintinean de verdad. Monedas de cinco y veinticinco centavos, tan pulidas por el uso como guijas de río. Pero, sobre todo, un detestable montón de hediondas monedas de un centavo. El pasado verano, otros habitantes de la casa nos contrataron para matar moscas, a un centavo por cada veinticinco moscas muertas. Ah, aquella carnicería de agosto: ¡cuántas moscas volaron al cielo! Pero no fue un trabajo que nos enorgulleciera. Y, mientras vamos contando los centavos, es como si volviésemos a tabular moscas muertas. Ninguno de los dos tiene facilidad para los números; contamos despacio, nos descontamos, volvemos a
empezar. Según sus cálculos, tenemos 12,73 dólares. Según los míos, trece dólares exactamente.
—Espero que te hayas equivocado tú, Buddy. Más nos vale andar con cuidado si son trece. Se nos deshincharán las tartas. O enterrarán a alguien. Por Dios, en la vida se me ocurriría levantarme de la cama un día trece. Lo cual es cierto: se pasa todos los días trece en la cama. De modo que, para asegurarnos, sustraemos un centavo y lo tiramos por la ventana. De todos los ingredientes que utilizamos para hacer nuestras tartas de frutas no hay ninguno tan caro como el whisky, que, además, es el más difícil de adquirir: su venta está prohibida por el Estado. Pero todo el mundo sabe que se le puede comprar una botella a Mr. Jajá Jones. Y al día siguiente, después de haber terminado nuestras compras más prosaicas, nos encaminamos a las señas del negocio de Mr. Jajá, un «pecaminoso» (por citar la opinión pública) bar de pescado frito y baile que está a la orilla del río. No es la primera vez que vamos allí, y con el mismo propósito; pero los años anteriores hemos hecho tratos con la mujer de Jajá, una india de piel
negra como la tintura de yodo, reluciente cabello oxigenado, y aspecto de muerta de cansancio. De hecho, jamás hemos puesto la vista encima de su marido, aunque hemos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de navajazos en las mejillas. Le llaman Jajá por lo tristón, nunca ríe. Cuando nos acercamos al bar (una amplia cabaña de troncos, festoneada por dentro y por fuera con guirnaldas de bombillas desnudas pintadas de colores vivos, y situada en la embarrada orilla del río, a la sombra de unos árboles por entre cuyas ramas crece el musgo como niebla gris) frenamos nuestro paso. Incluso Queenie deja de brincar y permanece cerca de nosotros. Ha habido asesinatos en el bar de Jajá. Gente descuartizada. Descalabrada. El mes próximo irá al juzgado uno de los casos. Naturalmente, esta clase de cosas ocurren por la noche, cuando gimotea el fonógrafo y las bombillas pintadas proyectan demenciales sombras. De día, el local de Jajá es destartalado y está desierto. Llamo a la puerta, ladra Queenie, grita mi amiga:
—¡Mrs. Jajá! ¡Eh, señora! ¿Hay alguien en casa?
Pasos. Se abre la puerta. Nuestros corazones dan un vuelco. ¡Es Mr. Jajá Jones en persona! Y es un gigante; y tiene cicatrices; y no sonríe. Qué va, nos lanza miradas llameantes con sus satánicos ojos rasgados, y quiere saber:
—¿Qué queréis de Jajá?
Durante un instante nos quedamos tan paralizados que no podemos decírselo. Al rato, mi amiga medio encuentra su voz, apenas una vocecilla susurrante:
—Si no le importa, Mr. Jajá, querríamos un litro del mejor whisky que tenga.
Los ojos se le rasgan todavía más. ¿No es increíble? ¡Mr. Jajá está sonriendo! Hasta riendo.
—¿Cuál de los dos es el bebedor?
—Es para hacer tartas de frutas, Mr. Jajá. Para cocinar.
Esto le templa el ánimo. Frunce el ceño.
—Qué manera de tirar un buen whisky.
No obstante, se retira hacia las sombras del bar y reaparece unos cuantos segundos después con una botella de contenido amarillo margarita, sin etiqueta. Exhibe su centelleo a la luz del sol y dice:
—Dos dólares.
Le pagamos con monedas de diez, cinco y un centavo. De repente, al tiempo que hace sonar las monedas en la mano cerrada, como si fueran dados, se le suaviza la expresión.
—¿Sabéis lo que os digo? —nos propone, devolviendo el dinero a nuestro monedero de cuentas—. Pagádmelo con unas cuantas tartas de frutas.
De vuelta a casa, mi amiga comenta:
—Pues a mí me ha parecido un hombre encantador. Pondremos una tacita más de pasas en su tarta.
La estufa negra, cargada de carbón y leña, brilla como una calabaza iluminada. Giran velozmente los batidores de huevos, dan vueltas como locas las cucharas en cuencos cargados de mantequilla y azúcar, endulza el ambiente la vainilla, lo hace picante el jengibre; unos olores combinados que hacen que te hormiguee la nariz saturan la cocina, empapan la casa, salen volando al mundo arrastrados por
el humo de la chimenea. Al cabo de cuatro días hemos terminado nuestra tarea. Treinta y una tartas, ebrias de whisky, se tuestan al sol en los estantes y los alféizares de las ventanas.
¿Para quién son?
Para nuestros amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: de hecho, la mayor parte las hemos hecho para personas con las que quizás sólo hemos hablado una vez, o ninguna. Gente de la que nos hemos encaprichado. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y señora, misioneros baptistas en Borneo, que el pasado invierno dieron unas conferencias en el pueblo. O el pequeño afilador que pasa por aquí dos veces al año. O Abner Packer, el conductor del autobús de las seis que, cuando llega de Mobile, nos saluda con la mano cada día al pasar delante de casa envuelto en un torbellino de polvo. O los Wiston, una joven pareja californiana cuyo automóvil se averió una tarde ante nuestro portal, y que pasó una agradable hora charlando con nosotros (el joven Wiston nos sacó una foto, la única que nos han sacado en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga siente timidez ante todo el mundo, excepto los desconocidos, que esos desconocidos, y otras personas a quienes apenas hemos tratado, son para nosotros nuestros más auténticos amigos? Creo que sí. Además, los cuadernos donde conservamos las notas de agradecimiento con membrete de la Casa Blanca, las ocasionales comunicaciones que nos llegan de California y Borneo, las
postales de un centavo firmadas por el afilador, hacen que nos sintamos relacionados con unos mundos rebosantes de acontecimientos, situados muy lejos de la cocina y de su precaria vista de un cielo recortado.
Una desnuda rama de higuera decembrina araña la ventana. La cocina está vacía, han desaparecido las tartas; ayer llevamos las últimas a correos, cargadas en el carricoche, y una vez allí tuvimos que vaciar el monedero para pagar los sellos. Estamos en la ruina. Es una situación que me deprime notablemente, pero mi amiga está empeñada en que lo celebremos: con los dos centímetros de whisky que nos quedan en la botella de Jajá. A Queenie le echamos unacucharada en su café (le gusta el café aromatizado con achicoria, y bien cargado). Dividimos el resto en un par de vasos de gelatina. Los dos estamos bastante atemorizados ante la perspectiva de tomar whisky solo; su sabor provoca en los dos expresiones beodas y amargos estremecimientos. Pero al poco rato comenzamos a cantar simultáneamente una canción distinta cada uno. Yo no me sé la letra de la mía, sólo: Ven, ven, ven a bailar cimbreando esta noche. Pero puedo bailar: eso es lo que quiero ser, bailarín de claque en películas musicales. La sombra de mis pasos de baile anda de jarana por las paredes; nuestras voces hacen tintinear la porcelana; reímos como tontos: se diría que unas manos invisibles están haciéndonos cosquillas. Queenie se pone a rodar, patalea en el aire, y algo parecido a una sonrisa tensa sus labios negros. Me siento ardiente y chisporroteante por dentro, como los troncos que se desmenuzan en el hogar, despreocupado como el viento en la chimenea. Mi amiga baila un vals alrededor de la estufa, sujeto el dobladillo de su pobre falda de calicó con la punta de los dedos, igual que si fuera un vestido de noche: Muéstrame el camino de vuelta a casa, está cantando, mientras rechinan en el piso sus zapatillas de tenis. Muéstrame el camino de vuelta a casa.
Entran dos parientes. Muy enfadados. Potentes, con miradas censoras, lenguas severas. Escuchad lo que dicen, sus palabras amontonándose unas sobre otras hasta formar una canción iracunda:
—¡Un niño de siete años oliendo a whisky! ¡Te has vuelto loca!
¡Dárselo a un niño de siete años! ¡Estás chiflada! ¡Vas por mal camino! ¿Te acuerdas de la prima Kate? ¿Del tío Charlie? ¿Del cuñado del tío Charlie? ¡Qué escándalo! ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación!¡Arrodíllate, reza, pídele perdón al Señor!
Queenie se esconde debajo de la estufa. Mi amiga se queda mirando vagamente sus zapatillas, le tiembla el mentón, se levanta la falda, se suena y se va corriendo a su cuarto. Mucho después de que el pueblo haya ido a acostarse y la casa esté en silencio, con la sola excepción de los carillones de los relojes y el chisporroteo de los fuegos casi apagados, mi amiga llora contra una almohada que ya está tan húmeda como el pañuelo de una viuda.
—No llores —le digo, sentado a los pies de la cama y temblando a pesar del camisón de franela, que aún huele al jarabe de la tos que tomé el invierno pasado—, no llores —le suplico, jugando con los dedos de sus pies, haciéndole cosquillas—, eres demasiado vieja para llorar.
—Por eso lloro —dice ella, hipando—. Porque soy demasiado vieja. Vieja y ridícula.
—Ridícula no. Divertida. Más divertida que nadie. Oye, como sigas llorando, mañana estarás tan cansada que no podremos ir a cortar el árbol.
Se endereza. Queenie salta encima de la cama (lo cual le está prohibido) para lamerle las mejillas.
—Conozco un sitio donde encontraremos árboles de verdad, preciosos, Buddy. Y también hay acebo. Con bayas tan grandes como tus ojos. Está en el bosque, muy adentro. Más lejos de lo que nunca hemos ido. Papá nos traía de allí los árboles de Navidad: se los cargaba al hombro. Eso era hace cincuenta años. Bueno, no sabes lo impaciente que estoy por que amanezca.
De mañana. La escarcha helada da brillo a la hierba; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como una luna de verano, cuelga en el horizonte y bruñe los plateados bosques invernales. Chilla un pavo silvestre. Un cerdo renegado gruñe entre la maleza. Pronto, junto a la orilla del poco profundo riachuelo de aguas veloces, tenemos que abandonar el carricoche. Queenie es la primera en vadear la corriente, chapotea hasta el otro lado, ladrando en son de queja porque la corriente es muy fuerte, tan fría que seguro que pilla una pulmonía. Nosotros la seguimos, con el calzado y los utensilios (un hacha pequeña, un saco de arpillera) sostenidos encima de la cabeza. Dos kilómetros más de espinas, erizos y zarzas que se nos enganchan en la ropa; de herrumbrosas agujas de pino, y con el brillo de los coloridos hongos y las plumas caídas. Aquí, allá, un destello, un temblor, un éxtasis de trinos nos recuerdan que no todos los pájaros han volado hacia el sur. El camino serpentea siempre por entre charcos alimonados de sol y sombríos túneles de enredaderas. Hay que cruzar otro arroyo: una fastidiada flota de moteadas truchas hace espumear el agua a nuestro alrededor, mientras unas ranas del tamaño de platos se entrenan a darse panzadas; unos obreros castores construyen un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. También tiembla mi amiga: no de frío, sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero deja caer un pétalo cuando levanta la cabeza para inhalar el aire cargado del aroma de los pinos.
—Casi hemos llegado. ¿No lo hueles, Buddy? —dice, como si estuviéramos aproximándonos al océano.
Y, en efecto, es como cierta suerte de océano. Aromáticas extensiones ilimitadas de árboles navideños, de acebos de hojas punzantes. Bayas rojas tan brillantes como campanillas sobre las que se ciernen, gritando, negros cuervos. Tras haber llenado nuestros sacos de arpillera con la cantidad suficiente de verde y rojo como para adornar una docena de ventanas, nos disponemos a elegir el árbol.
—Tendría que ser —dice mi amiga— el doble de alto que un chico. Para que ningún chico pueda robarle la estrella.
El que elegimos es el doble de alto que yo. Un valiente y bello bruto que aguanta treinta hachazos antes de caer con un grito crujiente y estremecedor. Cargándolo como si fuese una pieza de caza, comenzamos la larga expedición de regreso. Cada pocos metros abandonamos la lucha, nos sentamos, jadeamos. Pero poseemos la fuerza del cazador victorioso que, sumada al perfume viril y helado del árbol, nos hace revivir, nos incita a continuar. Muchas felicitaciones acompañan nuestro crepuscular regreso por el camino de roja arcilla que conduce al pueblo; pero mi amiga se muestra esquiva y vaga cuando la gente elogia el tesoro que llevamos en el carricoche: qué árbol tan precioso, ¿de dónde lo habéis sacado?
—De allá lejos —murmura ella con imprecisión. Una vez se detiene un coche, y la perezosa mujer del rico dueño de la fábrica se asoma y gimotea:
—Os doy veinticinco centavos por ese árbol.
En general, a mi amiga le da miedo decir que no; pero en esta ocasión rechaza prontamente el ofrecimiento con la cabeza:
—Ni por un dólar.
La mujer del empresario insiste.
—¿Un dólar? Y un cuerno. Cincuenta centavos. Es mi última oferta. Pero mujer, puedes ir por otro.
En respuesta, mi amiga reflexiona amablemente:
—Lo dudo. Nunca hay dos de nada.
En casa: Queenie se desploma junto al fuego y duerme hasta el día siguiente, roncando como un ser humano.
Un baúl que hay en la buhardilla contiene: una caja de zapatos llena de colas de armiño (procedentes de la capa que usaba para ir a la ópera cierta extraña dama que en tiempos alquiló una habitación de la casa), varios rollos de gastadas cenefas de oropel que el tiempo ha acabado dorando, una estrella de plata, una breve tira de bombillas en forma de vela, fundidas y seguramente peligrosas. Adornos magníficos, hasta cierto punto, pero no son suficientes: mi amiga quiere que el árbol arda «como la vidriera de una iglesia baptista», que se le doblen las ramas bajo el peso de una copiosa nevada de adornos. Pero no podemos permitirnos el lujo de comprar los esplendores made-in-Japan que venden en la tienda de baratijas. De modo que hacemos lo mismo que hemos hecho siempre: pasarnos días y días sentados a la mesa de la cocina, armados de tijeras, lápices y montones de papeles de colores. Yo trazo los perfiles y mi amiga los recorta: gatos y más gatos, y también peces (porque es fácil dibujarlos), unas cuantas manzanas, otras tantas sandías, algunos ángeles alados hechos de las hojas de papel de estaño que guardamos cuando comemos chocolate. Utilizamos imperdibles para sujetar todas estas creaciones al árbol; a modo de toque final, espolvoreamos por las ramas bolitas de algodón (recogido para este fin el pasado agosto). Mi amiga, estudiando el efecto, entrelaza las manos.
—Dime la verdad, Buddy. ¿No está para comérselo? Queenie intenta comerse un ángel.
Después de trenzar y adornar con cintas las coronas de acebo que ponemos en cada una de las ventanas de la fachada, nuestro siguiente proyecto consiste en inventar regalos para la familia. Pañuelos teñidos a mano para las señoras y, para los hombres, jarabe casero de limón y regaliz y aspirina, que debe ser tomado «en
cuanto aparezcan Síntomas de Resfriado y Después de Salir de Caza». Pero cuando llega la hora de preparar el regalo que nos haremos el uno al otro, mi amiga y yo nos separamos para trabajar en secreto. A mí me gustaría comprarle una navaja con incrustaciones de perlas en el mango, una radio, medio kilo entero de cerezas recubiertas de chocolate (las probamos una vez, y desde entonces está siempre jurando que podría alimentarse sólo de ellas: «Te lo juro, Buddy, bien sabe Dios que podría..., y no tomo su nombre en vano»). En lugar de eso, le estoy haciendo una cometa. A ella le gustaría comprarme una bicicleta (lo ha dicho millones de veces: «Si pudiera, Buddy. La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, diablos, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros. Pero cualquier día te la consigo, Buddy. Te localizo una bici. Y no me preguntes cómo. Quizás la robe»). En lugar de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa: igual que el año pasado, y que el anterior. El anterior a ése nos regalamos sendas hondas. Todo lo cual me está bien: porque somos los reyes a la hora de hacer volar las cometas, y sabemos estudiar el viento como los marineros; mi amiga, que sabe más que yo, hasta es capaz de hacer que flote una cometa cuando no hay ni la brisa suficiente para traer nubes.
La tarde anterior a la Nochebuena nos agenciamos una moneda de veinte centavos y vamos a la carnicería para comprarle a Queenie su regalo tradicional, un buen hueso masticable de buey. El hueso, envuelto en papel de fantasía, queda situado en la parte más alta del árbol, junto a la estrella. Queenie sabe que está allí. Se sienta al pie del árbol y mira hacia arriba, en un éxtasis de codicia: llega la hora de acostarse y no se quiere mover ni un centímetro. Yo me siento tan excitado como ella. Me destapo a patadas y me paso la noche dándole vueltas a la almohada, como si fuese una de esas noches tan sofocantes de verano. Canta desde algún lugar un gallo: equivocadamente, porque el sol sigue estando al otro lado del mundo.
—¿Estás despierto, Buddy?
Es mi amiga, que me llama desde su cuarto, justo al lado del mío; y al cabo de un instante ya está sentada en mi cama, con una vela encendida.
—Mira, no puedo pegar ojo —declara—. La cabeza me da más brincos que una liebre. Oye, Buddy, ¿crees que Mrs. Roosevelt servirá nuestra tarta para la cena?
Nos arrebujamos en la cama, y ella me aprieta la mano diciendo te quiero.
—Me da la sensación de que antes tenías la mano mucho más pequeña. Supongo que detesto la idea de verte crecer. ¿Seguiremos siendo amigos cuando te hagas mayor. Yo le digo que siempre.
—Pero me siento horriblemente mal, Buddy. No sabes la de ganas que tenía de regalarte una bici. He intentado venderme el camafeo que me regaló papá. Buddy —vacila un poco, como si estuviese muy avergonzada—, te he hecho otra cometa. Luego le confieso que también yo le he hecho una cometa, y nos reímos. La vela ha ardido tanto rato que ya no hay quien la sostenga. Se apaga, delata la luz de las estrellas que dan vueltas en la ventana como unos villancicos visuales que lenta, muy lentamente, va acallando el amanecer. Seguramente dormitamos; pero la aurora nos salpica como si fuese agua fría; nos levantamos, con los ojos como platos y errando de un lado para otro mientras aguardamos a que los demás se despierten. Con toda la mala intención, mi amiga deja caer un cacharro metálico en el suelo de la cocina. Yo bailo claque ante las puertas cerradas. Uno a uno, los parientes emergen, con cara de sentir deseos de asesinarnos a ella y a mí; pero es Navidad, y no pueden hacerlo. Primero, un desayuno lujoso: todo lo que se pueda imaginar, desde hojuelas y ardilla frita hasta maíz tostado y miel en panal. Lo cual pone a todo el mundo de buen humor, con la sola excepción de mi amiga y yo. La verdad, estamos tan impacientes por llegar a lo de los regalos que no conseguimos tragar ni un bocado.
Pues bien, me llevo una decepción. ¿Y quién no? Unos calcetines, una camisa para ir a la escuela dominical, unos cuantos pañuelos, un jersey usado, una suscripción por un año a una revista religiosa para niños: El pastorcillo. Me sacan de quicio. De verdad. El botín de mi amiga es mejor. Su principal regalo es una bolsa de mandarinas. Pero está mucho más orgullosa de un chal de lana blanca que le ha tejido su hermana, la que está casada. Pero dice que su regalo favorito es la cometa que le he hecho yo. Y, en efecto, es muy bonita; aunque no tanto como la que me ha hecho ella a mí, azul y salpicada de estrellitas verdes y doradas de Buena Conducta; es más, lleva mi nombre, «Buddy», pintado.
—Hay viento, Buddy.
Hay viento, y nada importará hasta el momento en que bajemos corriendo al prado que queda cerca de casa, el mismo adonde Queenie ha ido a esconder su hueso (y el mismo en donde, dentro de un año, será enterrada Queenie). Una vez allí, nadando por la sana hierba que nos llega hasta la cintura, soltamos nuestras cometas, sentimos sus tirones de peces celestiales que flotan en el viento. Satisfechos, reconfortados por el sol, nos despatarramos en la hierba y pelamos mandarinas y observamos las cabriolas de nuestras cometas. Me olvido enseguida de los calcetines y del jersey usado. Soy tan feliz como si ya hubiésemos ganado el Gran Premio de cincuenta mil dólares de ese concurso de marcas de café.
—¡Ahí va, pero qué tonta soy! —exclama mi amiga, repentinamente alerta, como la mujer que se ha acordado demasiado tarde de los pasteles que había dejado en el horno—. ¿Sabes qué había creído siempre? —me pregunta en tono de haber hecho un gran descubrimiento, sin mirarme a mí, pues los ojos se le pierden en algún lugar situado a mi espalda—. Siempre había creído que para ver al Señor hacía falta que el cuerpo estuviese muy enfermo, agonizante. Y me imaginaba que cuando Él llegase sería como contemplar una vidriera baptista: tan bonito como cuando el sol se cuela a chorros por los cristales de colores, tan luminoso que ni te enteras de que está oscureciendo. Y ha sido una vidriera de colores en la que el sol se colaba a chorros, así de espectral. Pero apuesto a que no es eso lo que suele ocurrir. Apuesto a que, cuando llega a su final, la carne comprende que el Señor ya se ha mostrado. Que las cosas, tal como son —su mano traza un círculo, en un ademán que abarca nubes y cometas y hierba, y hasta a Queenie, que está escarbando la tierra en la que ha enterrado su hueso—, tal como siempre las ha visto, eran verle a Él. En cuanto a mí, podría dejar este mundo con un día como hoy en la mirada.
Ésta es la última Navidad que pasamos juntos. La vida nos separa. Los Enterados deciden que mi lugar está en un colegio militar. Y a partir de ahí se sucede una desdichada serie de cárceles a toque de corneta, de sombríos campamentos de verano a toque de diana. Tengo además otra casa. Pero no cuenta. Mi casa está allí donde se encuentra mi amiga, y jamás la visito. Y ella sigue allí, rondando por la cocina. Con Queenie como única compañía. Luego sola. («Querido Buddy», me escribe con su letra salvaje, difícil de leer, «el caballo de Jim Macy le dio ayer una horrible coz a Queenie. Demos gracias de que ella no llegó a enterarse del dolor. La envolví en una sábana de hilo, y la llevé en el carricoche al prado de Simpson, para que esté rodeada de sus huesos...») Durante algunos noviembres sigue preparando sus tartas de frutas sin nadie que la ayude; no tantas como antes, pero unas cuantas: y, por supuesto, siempre me envía «la mejor de todas».
Además, me pone en cada carta una moneda de diez centavos acolchada con papel higiénico: «Vete a ver una película y cuéntame la historia.» Poco a poco, sin embargo, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en los años ochenta del siglo pasado; poco a poco, los días trece van dejando de ser los únicos días en que no se levanta de la cama: llega una mañana de noviembre, una mañana sin hojas ni pájaros que anuncia el invierno, y esa mañana ya no tiene fuerzas para darse ánimos exclamando: «¡Vaya por Dios, ha llegado la temporada de las tartas de frutas!»
Y cuando eso ocurre, yo lo sé. El mensaje que lo cuenta no hace más que confirmar una noticia que cierta vena secreta ya había recibido, amputándome una insustituible parte de mí mismo, dejándola suelta como una cometa cuyo cordel se ha roto. Por eso, cuando cruzo el césped del colegio en esta mañana de diciembre, no dejo de escrutar el cielo. Como si esperase ver, a manera de un par de corazones, dos cometas perdidas que suben corriendo hacia el cielo.
[Traducción de Enrique Murillo]
(1)The Complete Stories of Truman Capote
INTRODUCCIÓN de REYNOLDS PRICE
Traducción de Jaime Zulaika

Cuento de Truman Capote


 El film "A Christmas Memory"(1966) es una recreación fiel del cuento publicado por primera vez en "Mademoiselle" (1956).
Adaptado para la televisión por Capote y Eleanor Perry.
Dirigida por Frank Perry.
Con Geraldine Page como Sook
Donnie Melvin como Buddy

Una escena de la película con Geraldine Page como Sook
Se puede ver entero en VO (inglés) en seis cortes.