viernes, 12 de marzo de 2010

Adiós a Miguel Delibes.

El escritor español Miguel Delibes, ha fallecido hoy 12 de marzo a los 89 años en su casa de Valladolid, su ciudad natal.
"Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales". 
- Miguel Delibes


VIEJAS HISTORIAS DE CASTILLA LA VIEJA (1964)
"El pueblo en la cara"

Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, y me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, Cena, ya en el camino del Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: "¿Dónde va el Estudiante?". Y yo le dije: "¡Qué sé yo! Lejos". "¿Por tiempo?" dijo él. Y yo le dije: "Ni lo sé". Y él me dijo con su servicial docilidad: "Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?". Y yo le dije: "Nada, gracias Aniano".

Ya en el año cinco, y al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, avergonzaba ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de ciudad): "Isidoro ¿de qué pueblo eres tú?" Y también me mortificaba que los externos se dieran de codo y cuchichearan entre sí: "¿Te has fijado qué cara de pueblo tiene el Isidoro?" O, simplemente, que prescindieran de mí cuando echaban a pies para disputar una partida de zancos o de pelota china y dijeran despectivamente "Ése no; ése es de pueblo". Y yo ponía buen cuidado por entonces en evitar decir: "Allá en mi pueblo"... o "El día que regrese a mi pueblo", pero, a pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritmética y Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos: "Siéntate, llevas el pueblo escrito en la cara". Y, a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hacía una desgracia y yo no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepos o colorines con liga, que los espárragos, junto al arroyo, brotarán más recio echándoles porquería de caballo, porque mis compañeros me menospreciaban y se reían de mí. Y toda mi ilusión, por aquel tiempo, estribaba en confundirme con los muchachos de ciudad y carecer de un pueblo que parecía que le marcaba a uno, como a las reses, hasta la muerte. Y cada vez que en vacaciones visitaba el pueblo, me ilusionaba que mis viejos amigos, que seguían matando tordas con el tirachinas y cazando ranas en la charca con un alfiler y un trapo rojo, dijeran con desprecio: "Mira el Isi, va cogiendo andares de señoritingo". Así que, en cuanto pude, me largué de allí, a Bilbao, donde decían que embarcaban mozos gratis para el Canal de Panamá y que luego le descontaban a uno el pasaje de la soldada. Pero aquello no me gustó, porque ya por entonces padecía yo del espinazo y me doblaba mal y se me antojaba que no estaba hecho para trabajos tan rudos y, así de que llegué, me puse primero de guardagujas y después de portero en la Escuela Normal y más tarde empecé a trabajar las radios Philips que dejaban una punta de pesos sin ensuciarse uno las manos. Pero lo curioso es que allá no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: "Allá, en mi pueblo, el cerdo lo matan así, o asao." O bien: "Allá en mi pueblo, los hombres visten traje de pana rayada y las mujeres sayas negras, largas hasta los pies " O bien: "Allá, en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón" O bien: "Allá, en mi pueblo, si el enjambre se larga, basta arrimarle una escriña agujereada con una rama de carrasco para reintegrarle a la colmena." Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.
(En Obras completas, vol. 2, Barcelona, Destino, 1966, pp. 373-74).

El novelista y académico, en su biblioteca. Detrás una foto en blanco y negro con su mujer, Ángeles de Castro
 

DESCANSE EN PAZ

4 comentarios:

Lizardo Cruzado dijo...

Triste noticia, Susan. Hace muchos años lo conocimos a través de La Hoja Roja y quedamos prendados de esa, cómo llamarla, capacidad de empatía, esa humanidad desbordante suya. Luego El Hereje y Los Santos Inocentes quedaron grabados en nuestra memoria y su autor devino en uno de nuestros literatos bienqueridos.
Lo hemos sentido tan cercano que sin duda sus lectores somos hoy, de una manera especial, sus deudos.

Albert Lázaro-Tinaut dijo...

"Viejas historias de Castilla la Vieja" fue, precisamente, el primer libro de Delibes que leí. Hace muchísimos años, en los sesenta, cuando aparecieron por primera vez en España los libros de bolsillo, los de Alianza Editorial. Aún conservo en algún rincón de mi revuelta biblioteca aquel ejemplar. Lo leí durante un largo viaje en tren, lo había comprado, al azar, en el quiosco de la estación de partida, me duró lo que duró el trayecto, ni siquiera recuerdo de dónde a dónde. Y quedé atrapado por la sencillez y la fuerza de su lenguaje, que luego me llevó a leer otras obras suyas.
Me uno al homenaje de este escritor fecundo y honesto, quizá no tan brillante como otros pero, sin duda, uno de los grandes literatos españoles del siglo XX.

Susan dijo...

Sí Lizardo, triste noticia la perdida de Miguel Delibes ya que siempre es pronto para morir. Yo también destacaría esa capacidad de empatía y que sus asuntos eran el corazón humano, escribiera sobre lo que escribiera. Destacar la riqueza de su lenguaje y que a través de su obra nos ha dejado un fiel registro del mejor castellano del siglo XX.
Me alegra tanto constatar cómo nos une la literatura, la lengua, estando en distintos continentes y lejanos países.

Gracias por tu entrañable comentario y un cariñoso saludo amigo limeño.

Susan dijo...

Albert, que bonito lo que cuentas sobre tu lectura de "Viejas historias de Castilla la Vieja", y esos viajes en tren que daban para tanto. Para leer libros y para largas conversaciones con vecinos de asiento.
La obra que leí en una noche fue "Cinco horas con Mario" y cuando quise apagar la luz para dormir ya era la hora de despertarme. Otra de mis preferidas es la que escribió como homenaje a su mujer, Ángeles de Castro que murió en 1974, "Señora de rojo sobre fondo gris". También me gusta perderme en los campos por los que tanto anduvo y en la naturaleza que dejó impregnada en sus libros.

Un abrazo.