viernes, 31 de diciembre de 2010

... 2011 "Brillo"

Amanecer en el Mediterráneo (Alicante)

BRILLO
Manuel Villacieros Juliá

Brillos de soles y lunas. 
Brillos de lunas y aguas. 
Brillos de aguas y sangres. 
Brillos de sangre. 

Brillan la bala y el rifle. 
Y el cuchillo brilla. 
Brillan la risa y la lluvia. 
Y la fe desnuda brilla. 

Brilla el cáliz del odio. 
Y el colmillo del lobo brilla. 
Brilla el color y sus voces. 
Y brilla el volteo de campanas. 

Brilla la engañosa Guadaña. 
Y el diamante brilla. 
Brillan la grasa y el salitre. 
Y la sonrisa brilla. 

Brillan la palabra y el verbo. 
La llaga y el lodo brillan. 
Brillan la juventud y el vino. 
La nieve y el fuego brillan. 

Brillan el pecho y la frente. 
Y brilla el temor al olvido. 
Brillan la madre y su vientre. 
Y brilla la herida del tiempo. 

Brillan los ojos del tirano. 
Y brilla el sudor en la piel del esclavo. 
Brillan las lágrimas del sumiso. 
Y brilla la esplendidez del rebelde. 

El aliento del amante brilla. 
Y brilla la mirada del rencor. 
El amor y el deseo brillan. 
Y brilla el río de lava.

Y tu piel sudorosa, de amor brilla. 
Tu cabello y tus lágrimas brillan. 
Tus ojos color de arena brillan. 
Y brillan sus ascuas ardientes. 

Brillan el cieno y la fatiga. 
Y en su brillo se hunde el hombre. 
Brilla el sucio reloj que apaga las horas. 
Y deslumbra el brillo de su burla. 

Brillos reales o míticos. 
Brillos de ansias y pasiones. 
Brillos falsos o brillos de paja. 
Brillos letales y brillos de vida. 

Brillos en espejo y engañosos brillos. 
Brillos de doradas monedas. 
Brillos que matan la vida. 
Brillos… 

Brillan el sol y la luna. 
Brilla la luna en el agua. 
Brillan el agua y la sangre. 
Brilla la sangre en la herida…

***



¡FELIZ AÑO NUEVO!

martes, 28 de diciembre de 2010

Tres cuentos de Truman Capote II.- Una Navidad (1980)

 
  
Truman Capote 
II.- UNA NAVIDAD (1980)

      Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa —quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.
     Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.
     Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo—bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: Mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.
     Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: "Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve".
     ¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.
     Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. E1 caso es que iba a hacer solo el viaje. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
     Se trataba de un viaje de cuatrocientas millas, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.
     Era Nueva Orleans.
     Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos y me exprimió la respiración; reía y lloraba —un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:
     — ¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?
     Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras íbamos ya en un taxi, le pregunté:
     — ¿Dónde está?
     — ¿La casa? No muy lejos.
     —No, la casa no. La nieve.
     — ¿Qué nieve?
     —Creía que habría un montón de nieve.
     Me miró con extrañeza, pero acabó por reír.
     —Nunca ha nevado en Nueva Orleans. Al menos nunca que yo sepa. Pero escucha:
¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.
     No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían —o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta a casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me diera el beso de las buenas noches. Lo cierto es que no conseguía dormirme, de modo que me puse a pensar en lo que iba a traerme Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cowboy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería una caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran escasas las casas que tuvieran radio o refrigerador.

     Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo —un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían a admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no, antes o después recorrieron el camino del altar—en realidad, mi padre lo recorrió seis veces.
     Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente—a todos menos a mí. Eso era lo que me azaraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos, desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí ¡Me sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, invierno o verano.
     Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleans dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes ¡Pero esos restaurantes de Nueva Orleans! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; tuvieron que transcurrir décadas antes de que volviera a tragar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias—sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera.
     Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.
     Me decía:
     —Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleans?
     —No puedo.
     — ¿Qué significa que no puedes?
     —Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.
     Dijo mi padre:
     — ¿Es que a mí no me quieres?
     Dije yo:
      —Sí.
     Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.
     Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleara con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido en todo caso fantástico! Ya podía ver a mis primos en el suelo mientras yo volaba por entre las nubes ¡Ver para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, si bien no supiera qué me había parecido tan divertido.
     Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.
     Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces, cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama teman muchas exactamente iguales ¡Puro "Moonshine", licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió entero de un trago. Hecho esto, fue cormo si el retrato se hubiera desvanecido.
     Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse caer por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.
     — ¡Vaya!—dijo—. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.
     Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:
     —Existe un Papá Noel porque lo que hace es voluntad del Señor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.
     Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:
     — ¡Bueno, al parecer, tenemos a otro predicador entre nosotros!
     Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, en aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.
     La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilia y rizadas guirnaldas de orquídeas—planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados. Algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.
     No había en cambio misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzaba por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirse vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos aunque nunca mencionara el asunto hasta años después, cuando ya había podido comprarse collares de perlas que colgaban de su cuello envuelto en pieles.
     Había ido a visitarme a uno de esos internados snobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; gritó:
     — ¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. Pues, ¡sus mujeres! Piensa en esa larga lista. Todas viudas. Todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro —yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, acabó conmigo, me estropeó.
     Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... Moon, moon over Miami... This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?... Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... [Célebre canción ligera de la época.]
     Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, rondaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orleans en aquella Nochebuena.
     Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. La mayoría de los invitados estaba reunida en el salón, donde un pálido fuego en la chimenea arrancaba destellos al árbol de Navidad; otros muchos bailaban en la sala de música y en el patio a los acordes s de un gramófono. Tras haber sido presentado a los invitados y agasajado por todos, me enviaron arriba; pero, desde la terraza detrás de la contraventana francesa de la puerta de mi habitación, podía ver toda la fiesta, observar a las parejas mientras bailaban. Vi a mi padre bailando un vals con una mujer elegante alrededor del estanque que rodeaba la fuente de la sirena. Era realmente elegante, y llevaba un ligero vestido plateado que relucía a la luz de las velas; pero era mayor— como mínimo diez años mayor que mi padre, quien en aquella época, tenía treinta y cinco.
     De pronto me di cuenta de que mi padre era, con mucho, el más joven de su fiesta. Ninguna de las mujeres, por encantadoras que fueran, eran más jóvenes que la esbelta bailadora de vals con el ondulante traje plateado Lo mismo ocurría con los hombres, quienes, en su mayoría, fumaban aromáticos puros habanos; más de la mitad eran lo suficientemente viejos como para ser padres de mi padre.
     Vi entonces algo que me hizo parpadear. Mi padre y su ágil acompañante se habían desplazado sin dejar de bailar hasta un lugar semioculto por las orquídeas; se abrazaban y se besaban. Me quedé tan sobrecogido, tan furioso, que corrí a mi habitación, salté dentro de la cama y me tapé la cabeza con las sábanas. ¿Qué podía querer mi joven y apuesto padre de una vieja como aquélla? ¿Y por qué toda esa gente ahí abajo no se iba de una vez para que Papá Noel pudiera entrar? Permanecí despierto durante horas oyendo cómo se marchaban los invitados y, cuando mi padre dio las buenas noches por última vez, oí cómo subía las escaleras y abría la puerta de mi dormitorio para echar un vistazo; pero me hice el dormido.
     Muchas cosas ocurrieron que me mantuvieron despierto toda la noche. Primero, las pisadas, el ruido de mi padre subiendo y bajando las escaleras, respirando con dificultad. Tenía que ver qué hacía. De modo que me escondí en el balcón, entre la buganvilia. Desde allí tenía una visión completa del salón, del árbol de Navidad y de la chimenea, donde todavía ardían pálidas llamas. Además, podía ver a mi padre. Caminaba a gatas por debajo del árbol disponiendo una pirámide de paquetes. Envueltos en papel púrpura, y rojo y dorado, y azul y blanco, crujían levemente cuando él los movía. Me sentía aturdido, ya que lo que veía me obligaba a reconsiderarlo todo. Si se suponía que estos regalos eran para mí, obviamente no habían sido enviados por el Señor ni repartidos por Papá Noel; no, eran regalos comprados y envueltos por mi padre. Lo que significaba que mi detestable primito Billy Bob, y otros tan detestables como él, no mentían cuando se burlaban de mí y me decían que no existía Papá Noel. El peor pensamiento era: ¿Sabía Sook la verdad, y me había mentido? No, Sook nunca me habría mentido. Ella creía. Eso era —aunque tuviera sesenta y tantos años, de alguna manera era al menos tan niña como yo.
    Estuve observando hasta que mi padre terminara su tarea y apagara las pocas velas que aún quedaban encendidas. Esperé hasta asegurarme de que estaba en la cama y dormía. Entonces me deslicé hasta el salón, que todavía olía a gardenias y a puros habanos. Me senté allí a pensar: Ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a Sook. Una ira, un extraño rencor, crecía en mi interior: no iba dirigido a mi padre, aunque acabara siendo él la víctima.
     Al amanecer, examiné las tarjetas colgadas en cada uno de los paquetes. Todas decían: "Para Buddy". Todas, excepto una que rezaba: "Para Evangeline". Evangeline era una negra ya mayor que bebía Coca-Cola todo el día y que pesaba trescientas libras; era el ama de llaves de mi padre—también lo había criado ella. Decidí abrir los paquetes: era la mañana de Navidad, estaba despierto, ¿por qué no? No me tomaré la molestia de describir lo que había dentro: sólo camisas, jerséis y tonterías por el estilo.
     Lo único que me gustó fue una soberbia pistola de pistones. Sin saber por qué, se me ocurrió que sería divertido despertar a mi padre con un tiro. Y lo hice. Bang. Bang. Bang.
    Se precipitó fuera de la habitación, con los ojos de par en par.
    Bang. Bang. Bang.
    —Buddy, ¿qué diablos crees que estás haciendo?
     Bang. Bang. Bang.
    — ¡Para eso de una vez!
     Me reí.
     —Mira, papá. Mira cuántas cosas maravillosas me ha traído Papá Noel.
     Más calmado, entró en el salón y me abrazó.
     — ¿Te gusta lo que te ha traído Papá Noel?
     Le sonreí. El me sonrió. Fue un largo momento de ternura que se rompió cuando dije:
      —Sí, papá, pero ¿qué me vas a regalar tú?
         Su sonrisa se esfumó. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia— podía leerse en su cara la sospecha de que yo le había tendido una trampa. Pero entonces se sonrojó, como si se avergonzara de pensar en lo que estaba pensando. Palmeó mi cabeza, carraspeo y dijo:
     —Bueno, había pensado que era mejor esperar y dejar que eligieras algo que desearas realmente. ¿Hay algo que quieras muy particularmente?
     Le recordé el avión que habíamos visto en la tienda de juguetes de Canal Street. Su rostro asintió. Oh, sí, recordaba el avión y cuán caro era. La cuestión es que, al día siguiente, yo ya estaba sentado en el avión, soñando que me elevaba hacia el cielo, cuando mi padre rellenó un talón para el feliz vendedor. Habíamos hablado de cómo se transportaría el avión hasta Alabama, pero me mostré firme —insistí en que tenía que ir conmigo en el autobús que tomaba a las dos de aquella misma tarde. El vendedor lo solucionó llamando a la compañía de autobuses, que dijo que podrían arreglarlo con facilidad.
     Pero todavía no me había librado de Nueva Orleans. El problema ahora era una gran petaca de "Moonshine"; puede que fuera por mi partida, pero el hecho es que mi padre había estado dándole al trago todo el día y, camino de la estación, me asustó al cogerme de las muñecas y susurrarme con amargura:
     —No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos y en ese viejo caserón de locos. Hay que ver lo que han hecho contigo. ¡Un niño de seis años, casi siete, hablando de Papá Noel! Todo es culpa suya, de esas viejas solteronas agriadas, con sus Biblias y sus calcetas, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúchame, Buddy. ¡Dios no existe! No existe ningún Papá Noel.
     Me apretaba la muñeca con tanta fuerza que me hacía daño.
     —A veces, santo cielo, pienso que tu madre y yo, los dos, deberíamos pegarnos un tiro por haber permitido que esto ocurriera.
     (El nunca se quitó la vida, pero mi madre sí: pasó a mejor vida hace treinta años.)
     —Bésame. Por favor. Por favor. Bésame. Dile a tu papá que le quieres.
     Pero yo no podía hablar. Estaba aterrado de perder el autobús. Y me preocupaba el avión, atado con correas a la baca del taxi.
     —Dilo: "Te quiero". Dilo. Por favor. Buddy.
     Dilo.
     Por suerte para mí, el taxista era un hombre de buen corazón. Si no hubiera sido por su ayuda, la de unos mozos eficaces y la de un amable policía, no sé qué hubiera ocurrido al llegar a la estación. Mi padre se tambaleaba tanto que apenas si podía andar, pero el policía habló con él, le serenó, le ayudó a mantenerse derecho, y el taxista prometió devolverlo a casa sano y salvo. Sin embargo, mi padre no se iría hasta ver cómo los mozos me acomodaban en el autobús.
     Una vez dentro, me acurruqué en el asiento y cerré los ojos. Sentía un extraño malestar. Un dolor agobiante que me hería por todas partes. Pensé que, si me sacaba los pesados zapatos de ciudad, auténticos monstruos torturadores, aquella agonía remitiría. Me los quité, pero el misterioso dolor no me abandonó. En cierto modo, nunca más me abandonó; nunca más lo hará.
     Doce horas más tarde estaba en casa, en cama. La habitación estaba a oscuras. Sook, sentada a mi lado, se balanceaba en una mecedora; un sonido tan sedante como el de las olas en el océano. Había intentado contarle todo lo que había ocurrido, y tan sólo me detuve cuando me quedé tan ronco como un perro aullador. Me pasó los dedos por el pelo y dijo:
—Por supuesto que existe Papá Noel. Sólo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob. Ahora ponte a dormir. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve. Siento que no llegarás a verla. Pero ahora la nieve cae por entre las estrellas.
     Las estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mi cabeza; la última cosa que recordé fue la voz serena del Señor encomendándome algo que hacer. Y, al día siguiente, lo hice. Fui con Sook a la oficina de correos y compré una postal de un penique. Hoy, todavía existe esa postal. Fue encontrada en la caja de caudales de mi padre cuando murió, el año pasado. Esto es lo que le había escrito: “Hola papá espero que estés bien como yo y estoy aprendiendo a pedalear muy rápido en mi avión estaré pronto en el cielo así que mantén los ojos abiertos y sí te quiero Buddy”.



TRES CUENTOS  Truman Capote 
Anagrama, 2003
Colección Compactos


Truman Capote 1956

sábado, 18 de diciembre de 2010

Fabio Morábito. ‘Hay que escribir siempre en la bruma’

  Fabio Morábito Foto: Eterna Cadencia
     "Me gusta dialogar con lectores jóvenes, que hacen preguntas a veces muy candorosas. Pero no me gustaría dedicarme a eso más de cierto tiempo, porque uno siente un poco que hablar demasiado de lo que uno escribe es falso. A mí las entrevistas con los escritores me aburren por eso: puede ser más interesante la visión de un lector que la del propio escritor. Sí es interesante para uno como escritor darse cuenta de las expectativas del público. Pero hay que escribir siempre en la bruma."

 TAPARSE LAS OREJAS 
        El primer acto poético del ser humano fue algo simple: taparse las orejas. Este gesto inauguró la interioridad, pero también la falta de silencio, porque si te tapas las orejas, no es verdad que no escuchas nada: escuchas tu corazón. Estamos, pues, inmersos en el ruido. Y el ruido del corazón no es nada agradable, al grado de que hay personas que no soportan oírlo. Les asusta que el corazón se pare o, quizá, que no se pare nunca. Como sea, en el origen de la poesía debió de jugar un papel importante la omnipresencia del ruido cardiaco. Atrapado entre el bullicio del mundo y el fragor de sus latidos, ese fragor que descubrió tapándose las orejas, el hombre encontró en la poesía, o sea en el canto, un estadio intermedio que lo protegía de ambas cosas. El descubrimiento de las extrañas asociaciones y enlaces que se forman entre las palabras, empezando por la rima, fue crucial para la creación de nuestra interioridad, porque nos apartó del mundo, al mostrarnos que el lenguaje, además de un sistema de comunicación, es un universo completo. La rima, y la regularidad rítmica sin la cual la rima no existe, nos descubrieron un latido propio en las palabras. Los chistes, los rezos y las maldiciones (o sea las groserías) comparten con los poemas este descubrimiento. Todos ellos son derivaciones de la poesía. Para el corazón, el único músculo humano independiente del cerebro, el único pues que no podemos controlar, somos seres en perpetuo estado de coma. Esto nos convierte en sus huéspedes. Nacer es acostarse sobre su lecho de latidos. Sin esta conciencia de no poder controlar nuestros latidos, sino de ser más bien controlados por ellos, es poco probable que hubiéramos descubierto un latido propio en el lenguaje. Así, los poemas, los juegos de palabras, los acertijos, los chistes, las groserías, los refranes y las plegarias nos recuerdan que somos huéspedes de la vida y no sus anfitriones. Por eso la poesía se escribe siempre en un relativo estado de coma, de muerte en vida, o de la vida mirando a la muerte, que es la madre de todas las rimas.

    Tapa de  8 poemas Fabio Morábito México 2005 Taller Ditoria 

MI MADRE YA NO HA IDO AL MAR 
Mi madre ya no ha ido
al mar
lleva una buena cantidad de años
tierra adentro,
un siglo de interioridad
cumpliéndose.
Se ha resecado de sus hijos
y vive lejos
en toros consanguíneos.
Es como una escultura de sí misma
y sólo el mar
que quita el fárrago
acumulado en la ciudad
puede acercarla a su pasado,
hacia su muerte verdadera,
y hacer que crezca nuevamente.
Mi madre necesita algún
estruendo entre los pies,
Una monótona insistencia en los oídos,
una palabra adversa
y simple que la canse,
y necesita que la llamen,
oír su nombre en otros labios,
pedir perdón
y hacer promesas,
ya no se tropieza
en nada sustantivo.
Y yo tengo que armarme de valor
para llevarla al mar
armarme de mis años
que he olvidado,
reunirme con mi madre en otro tiempo,
con un yo mismo que enterré
y que ella guarda
sin decirme nada.
Tengo que armarme de valor
para perder confianza
en lo que sé,
tengo que regresar al día
en que mi risa quedó trunca
entre las páginas de un libro,
cerrar el libro y completar la risa,
cerrar todos los libros y reírme,
cerrar todos los ojos que he ido abriendo
para que nadie me agrediera.
Estuvo bien ya de crecer,
es hora de desdibujarme,
lo que aprendí enhorabuena,
lo que olvidé también,
es hora de ser hijo de alguien
y de tener un hijo
y un esqueleto para ir al mar,
para morir
con cada hueso sin pedir ayuda.
Salí hace años a rodearla a ella
para volver al mar más solo
o acaso fui a rodear el mar
para ser hijo de otro modo de mi madre,
ya no me acuerdo qué buscaba,
nadie recuerda lo que busca,
mi madre ya no ha ido
al mar,
es todo lo que sé,
y no llevarla es no reconciliarme
con el mar, no ver el mar
como se ve después de niño,
también no ver cómo es mi madre
ahora, no saber nada de mí mismo.


Foto: Herbert Camacho 

IN LIMINE

Por el perdón del mar
nacen todas las playas
sin razón y sin orden,
una cada cien mares.

Yo nací en una playa
de África, mis padres
me llevaron al norte,
a una ciudad febril,
hoy vivo en las montañas,

me acostumbré a la altura
y no escribo en mi lengua,
en ciertos días del año
me dan vértigos y mareos,
me vuelve la llanura,

parto hacia el mar que puedo,
llevo libros que no
leo, que nunca abrí,
los pájaros escriben
historias más sutiles.

Mi mar es este mar,
inerme, muy temprano,
cede a la tierra armas,
juguetes, sus manojos
de algas, sus veleidades,

emigra como un circo,
deja todo en barbecho:
la basura marina
que las mujeres aman
como una antigua hermana.

Por él que da la espalda
a todo, estoy de frente
a todo con mis ojos,
por él que pierde filo,
gano origen, terreno,

jadeo mi abecedario
variado y solitario
y encuentro al fin mi lengua
desértica de nómada,
mi suelo verdadero.

 

SI TE REVUELCA LA OLA...
      a Sandra Suter
que se quedó nadando

Si te revuelca la ola
procura que sea joven,
esbelta, ardiente,

te dejará molido el cuerpo
y el corazón más grande;

cuídate de las olas
retóricas y viejas,
de las olas con prisa,

y la peor de todas,
de la ola asesina,

la ola que regresa.


LOS COLUMPIOS [En la voz del autor] 
OIGO LOS COCHES [En la voz de Fabio Morábito]

A tientas
Bahía Quina
Ciudad de México
Cuarteto de Pompeya
Dime tú si no es cierto...
El viento, mas...
Los amantes
Milán
Miramos largamente el mar...
Para sentirse vivo
Pierino Sempio


Fabio Morábito Casa de América (Madrid)


     FABIO MORÁBITO nació en Alejandría, Egipto, en 1955. Es narrador, poeta y traductor. Hijo de padres italianos, vivió su infancia en Milán y a partir de los quince años en México. Es autor de tres libros de poesíaLotes baldíos (FCE, 1985), que ganó el premio Carlos Pellicer en ese mismo año, De lunes todo el año (Joaquín Mortiz, 1992), que ganó el premio Aguascalientes en 1991, y Alguien de lava (Era, 2002). Los tres aparecen reunidos en el volumen  La ola que regresa (FCE, 2006) y de dos libros de ensayos: El viaje y la enfermedad (1984) y Los pastores sin ovejas (1995). Caja de herramientas (1989) participa tanto del ensayo como del poema en prosa. En narrativa, ha publicado los libros de relatos La lenta furia (1989), La vida ordenada (2000) y  También Berlín se olvida (2004), Grieta de fatiga (ganador del premio de narrativa Antonin Artaud 2006) además de la novela Emilio, los chistes y la muerte (2009) y un libro para niños, Cuando las panteras no eran negras (1996). Varios de sus libros han sido traducidos al alemán, al francés, al inglés, al italiano y al portugués. Por otra parte, tradujo del italiano a diversos autores, como Eugenio Montale, de quien publicó la poesía completa en 2006 (Ed. Bilingüe. Círculo de Lectores/ Galaxia Gutenberg)


CAJA DE HERRAMIENTAS
 Fabio Morábito Ed. Pre-textos Valencia 2009. 

LA LENTA FURIA de Fabio Morábito  
Reedición por Eterna Cadencia 2009

GRIETA DE FATIGA de Fabio Morábito
Reedición por Eterna Cadencia 2010

martes, 14 de diciembre de 2010

Enrique Morente: Compañero del alma, compañero


Enrique Morente

(Granada, 25 de diciembre de 1942 – Madrid, 13 de diciembre de 2010) fue un cantaor español, considerado como uno de los grandes renovadores del flamenco.



Enrique Morente canta extractos de  ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ de Miguel Hernández.
Se llama "Compañero”, a la  guitarra Pepe Habichuela.

   Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero. 
- Miguel Hernández (10 de enero de 1936) 

"Hay que echar un paso atrás para mirar hacia delante"



Estrella Morente canta a su padre
en el último homenaje en Granada

“Granada no tengas pena
de que el mundo sea tan grande,
de que el mar sea tan inmenso.
Tú eres la novia del aire.
La de la sombra de plata,
la del almendro, la que parece de nieve
y por dentro es fuego”

"Ay, empieza el llanto de la guitarra,
llora como el viento sobre la nevada.
Ay, inútil callarla, es imposible callarla"

Descanse en paz